martes, 2 de diciembre de 2014

ENSAYOS EPICÚREOS: Del gourmand Savarín al chef Michelín: sobre gastronomía y el culto a la personalidad

El amigo: Los gastrónomos os leerán dado que tú les rindes justicia 
y les otorgas el lugar que les corresponde en la sociedad
El autor: Por esta vez, dices algo cierto: es inconcebible que ellos hayan sido por tanto tiempo ignorados, 
¡estos apreciados gastrónomos! Yo tengo por ellos un amor paternal. 
¡Ellos son tan gentiles y sus ojos son tan brillantes!
Jean Anthelme Brillat-Savarin. Fisiología del gusto (1825)
    Mientras nos dirigíamos al hotel donde se llevaría a cabo cierto foro de gastronomía, hotel propiedad de un acaudalado cementero boliviano, mi esposa y yo debatíamos sobre una reciente polémica menor sucedida en cierta red social virtual, específicamente, en ese terreno propio a llevarse a cabo estas banalidades: los foros de comentarios virtuales, que no son más que el hijo esperpéntico de la democracia en el que todos tienen voz: la actualización de lo que antes habría sido sólo una idea abstracta: la chusmería. La polémica discurrió  por ciertos chauvinismos exaltados pasando por defensas de la propiedad autoral del folklore originario para llegar a los insultos y demás vulgaridades del género del estilo bajo. La polémica como tal en verdad surgió porque uno de los participantes, el verdadero ofendido y punto de todos los ataques, un talentoso chef de nacionalidad peruana empleado en uno de los restaurantes más prestigiosos en Bolivia, cometió el error común a todo ser humano dado a los impulsos que no ha leído a Epicuro y entregado al impulso desmedido de la ira, hizo públicas ciertas ideas que no podrían menos que resultar ofensivas al pueblo boliviano, sea lo que sea que es un “pueblo boliviano”.
    Ahora bien, volviendo al asunto del foro gastronómico. Hubo conferencias y hubo un concurso en el que, por puro arbitrio y necesidad de los chefs que habrían organizado dicho evento, se mezcló la categoría junior con la senior; de otro modo, mi esposa habría salido ganadora imbatible porque es la mejor.
    Sobre las conferencias quisiera dar un gran salto y narrar las últimas dos, aquellas que cerraron de manera magistral el evento. La primera sufrió un retraso de más de una hora; los asistentes, en todo caso, fueron los que sufrieron dicho retraso. El motivo: la falta de ciertos insumos exigidos por el chef en cuestión, de ciertas condiciones sin las cuales él no estaba preparado a salir en escena (se trata de un reconocido chef boliviano que se abrió paso hacia el éxito gastronómico pagando su educación en esta área como payasito). Por eso no fue gran sorpresa que el público fue testigo de una bizarra puesta en escena: tres sujetos, enmascarados al estilo del comandante Marcos, entonaban unos raps disonantes mientras repartían eufóricamente algunos productos culinarios puestos a degustación de los participantes. Dicha introducción  duró tres canciones tras las cuales el mentado justificó su estridencia con un discurso que hoy es pan de cada día sobre los estratos sociales, el nuevo andinismo, la pobreza y la cocina gourmet. Por mí parte, lo único relevante que me quedó fue lo siguiente: helado de carachi y el efecto sorpresa de esconder al comensal los ingredientes para luego sorprenderlo, una suerte de terapia de shock aplicada al arte de comer. A continuación, el evento fue clausurado con una cuarta canción de rap y un nuevo ágape comunitario y, obviamente, estridente. Todo esto sucedió a vista de todos. De manera lateral, al chef de tres estrellas Michelin, italiano, exquisito y soberbio, empezaba a subirle los flujos de ira que, tras haber advertido y pedido al chef boliviano que acortara su histriónica presentación, llegó a explotar en una furiosa indignación, en un simulacro de retirada digna de divas como Marlene Dietrich, Marilyn Monroe o Verónica Kloss. Los insultos a los organizadores no fueron escasos. Pero todo se enfrío y la conferencia magistral del chef Michelin, como el muy gustosamente y tal vez irónicamente supo autobautizarse, fue un verdadero placer para el ojo gourmet y para todo amante de la formalidad, como su merced que ahora escribe. Entre bromas de desprecio muy disimuladas ante su camarada andinista, el chef Michelin demostró sus artes al modo de los grandes magos ilusionistas: no faltó el momento de la levitación de un plato a todas luces delicioso.  Dejando de lado las negligencias respecto al concurso (insumos robados y sabotajes entre los participantes, uno que otro apagón de la electricidad, por dar ejemplos comunes a estos casos) uno no podía haberse ido desilusionado por haber pagado por un gran espectáculo.
    No voy a hablar sobre comida ni me interesa dar nombres y apellidos. Sin embargo, tengo el antojo de dejar sueltas algunas palabras respecto al arte de cocinar y su estado actual. Ya desde hace varios años que la figura del chef (“jefe” en francés) ha ido cobrando en la mirada pública una nueva imagen. El chef es hoy en día la nueva estrella de rock, personaje sometido a la vista pública que puede, porque las estrellas de rock lo pueden, demoler hoteles, quebrar los dedos de sus ayudantes y otras extravagancias socialmente permitidas. Antes debo dejar en claro que en un sentido moral, no tengo nada en contra de la soberbia y el solipsismo, al menos mientras no me llegue de manera directa con astillas de por medio; la soberbia, el esnobismo, no puedo dejar de decirlo, son grandes virtudes mientras sean llevadas a cabo bajo un fino cálculo y, sobre todo, con estilo. Y sin embargo…
    El símil del chef con la estrella de rock no resulta algo para nada arbitrario. En ambos casos, el producto final (la música, la comida) está estrechamente ligado al estímulo de los sentidos. En ambos casos, hoy en día, es necesario dar muestra de una gran personalidad: estridencia, ira, frivolidad  y elegancia. Y esto, como lo he dicho antes, no tiene nada de malo. Los chefs destacados al igual que los músicos del rock deben brillar sin vergüenza dada su condición: estrellas, luminarias. Ahora quisiera pensar más bien dónde se dividen ambos oficios. El músico, hoy y siempre, ha figurado en la imagen pública como una suerte de criatura que goza de un privilegio especial, de una licencia poética vital para su extravagancia. Por el contrario, cuando hablamos de chef no siempre estamos hablando de un gastrónomo, de un gourmand. El músico no debe dar muestra de un estilo de vida en especial: puede ser obeso, toxicómano, racista, etc. El gastrónomo, en cambio, no sólo tendría que saber preparar un buen plato si no, más bien, cultivar con sabiduría el arte del buen comer. De esos, de los gastrónomos, poco sabemos porque ellos saben mantenerse al margen de las luminarias y de la grasa de las capitales. Por el otro lado, dada la aceleración frenética de cualquier profesión, el chef tiene que hacer gala de dicho nombre con el debido rigor. Los chefs de hoy en día, más allá de que sean o no gastrónomos en todo el sentido de la palabra, deben mudar la reflexión por el arte de la comida para economizar el tiempo a la reflexión por la debida administración de una cocina. Si el plato no está listo a tiempo, el cliente no paga y eso lo resume todo. La sociedad de hoy en día nos fuerza a tomar ejemplo de Prometeo y sostener más peso sobre nuestras espaldas del que correspondería a nuestra verdadera condición. Sobre esto muy bien lo saben las salas de espera de los psiquiatras y las empresas farmacéuticas.
    Pero el ser humano, inconscientemente al menos, es sabio. Ante la exigencia del ritmo del profesional de la comida, se ha creado un contrapeso para balancear la situación. La sobre estimación de la imagen del chef. Me parece que hoy en día la idea de que el chef es un tirano déspota y que eso está bien está extendida y asimilada por todos. Acá, otra vez como en cada paso que vemos, podemos ver el trabajo de los tentáculos de la ideología. Esta idea recibe un condicionamiento positivo y acreditación masiva, sobre todo, a través de los programas llamados “Reality shows”. En ellos observamos ya no ficciones sino arrebatadoras realidades (como si la realidad fuera una sola y pudiera ser capturada por siempre por una cámara, como lo hacían los cazafantasmas en su dispositivo aspirador, como lo hacían los cazadores de pokemones en sus pokebolas). Y a fuerza de contemplar estos programas hemos empezado a gozar el espectáculo de la humillación ajena y a admirar al chef violento y grosero. Y para nosotros eso está bien y con ello vivimos y así se nos va la vida.
    Quise reservarme el desenlace del suceso del chef peruano con el que habría introducido este ensayo para el último momento. Dos días después de dicho suceso se anunció, a pesar de que dicho chef se disculpó por su comportamiento de manera pública, su inminente despido. Y qué gran sorpresa dado que el propietario de dicho restaurant es el mismo cementero del hotel que antes habría mencionado. A nadie que aspire el poder a largo le conviene manchar su historial y su buena conducta por culpa del exabrupto de un cualquiera cuyo único mérito en la vida es conocer el arte de la buena cocina.
    Jean Anthelme Brillat-Savarin publico el primer tratado sobre la gastronomía. Savarín fue sin duda un ejemplar precusor de las enseñanzas de Epicuro, sabio y gozoso, comprendiendo que toda reflexión y hacer en torno a la comida tiene que partir por una debida fisiología del gusto y no por otro camino desviado o torcido. Me resultaría muy grato poder concluir este breve comentario respecto a la gastronomía hoy en día con un par de aforismos de Epicuro elegidos al azar de la traducción hecha por José Vara:

                  “Reviento de satisfacción en mi cuerpecillo cuando consumo agua y pan, y detesto los placeres lujosos, no por los propios placeres, sino por los dolores que por esa razón les siguen.”

"Jamás pretendí agradar al vulgo. Pues lo que a él le agradaba no lo aprendí yo, y, por contra, lo que sabía yo estaba lejos de su comprensión.”

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