sábado, 5 de septiembre de 2015

ENSAYOS POLÉMICOS: El Animalismo en Bolivia hoy: ladrar y morder al aire



 En el Apéndice he hablado detenidamente acerca de cómo Kant confundió y falseó el concepto de la esencia de la razón. Mas quien se tome la molestia de recorrer en este sentido la masa de escritos filosóficos que han aparecido desde Kant, reconocerá que, así como las faltas de los príncipes son expiadas por pueblos enteros, los errores de los grandes espíritus extienden su influjo pernicioso a generaciones completas e incluso a siglos, creciendo y propagándose hasta degenerar en monstruosidades: de lo que hay que inferir que, como dice Berkeley: Pocos hombres piensan, sin embargo todos tienen opiniones.              
Arthur Schopenhauer. "El mundo como representación y voluntad"


Me gusta la felicidad de los perros. La felicidad de los perros, en verdad, es indeterminada. Existe por sí misma para sí misma. No es ni esencial a su naturaleza animal ni está determinada por contingencias mundanas (a diferencia de la tristeza de los perros). Me gusta la felicidad de los perros porque, pienso, no es una felicidad esencialmente animal: es una felicidad absurda. Esto se encuentra en las antípodas de la felicidad humana, que siempre es contingente a otra, que siempre está determinada por algo fuera de sí, que (entendida a modo de deseo) es el motor esencial de toda la existencia humana (aún en sus formas sublimadas y distorsionadas). La felicidad humana es, por lo tanto, esencialmente mezquina, por no decir egoísta. Mi intención no es desgajarme por la veta de la misantropía. A través de esta afirmación de la condición humana más  bien quisiera puntualizar que hay que considerar todo gesto de cortesía y gentileza, sea cual sea su magnitud, no tanto bajo el valor en sí que tiene sino más bien por la necesaria efervescencia, hoy en día y siempre,  de gestos en la comunidad humana mediante los cuales nos sea posible o vivir mejor unos con otros o, al menos, sobrevivir mejor unos con otros.

Esta breve consideración sobre la naturaleza humana me sirve como punto de partida para algo más puntual. Hoy en día, tomando el permiso de citar al excelso Dr. Parrilla, la causa por la defensa animal (al menos en Bolivia) se ha convertido en una gran apología del ego. Ahora pretendo desarrollar esta idea, a medio camino entre la crónica y la polémica.

Tomando como punto de referencia un ensayo que publiqué al respecto hace aproximadamente un año, ahora retomo este asunto desde un punto de vista menos ingenuo y, como suele suceder con la adquisición de nuevos conocimientos sobre la condición humana, más desencantado. Mi breve participación como activista por la causa animal en Bolivia tuvo como efecto la adopción de mi actual hijo Apolo (no digo ‘dueño’ pues en rigor nadie es dueño de un animal, sólo podemos pretender serlo y otros pueden pretender creerlo). Y estas dos semanas, a causa de una seria intervención quirúrgica (raíz de la mala praxis de los activistas que lo salvaron y gracias a quienes Apolo vive y llegó a mi vida) no pude menos que tomar este tema de manera seria y reflexionar al respecto, para finalmente desentenderme del todo en lo que respecta al activismo por la defensa animal en Bolivia, acá y ahora.

No voy a mencionar detalles ni nombres. Todo aquel que se sienta aludido (para bien o para mal) que sepa oír y entender. No voy a hablar sobre la mezquindad que arruina todos los proyectos que podrían llegar a convertirse en empresas de gran provecho para todos los animales domésticos y silvestres. Ni menos quisiera entrar en debate respecto a la enorme mafia y evidente red de estafas que se encubren bajo los pedidos de donaciones. No lo haré porque tan sólo tengo sospechas al respecto. En mi caso, mi esposa y yo acudimos a la ayuda ajena y, con sorpresa, las personas respondieron con una amabilidad inusitada y recaudamos lo necesario para la operación de Apolo. De ahí que puedo dar fe que es posible pedir y que la gente, con enorme generosidad, responda. Que no se crea que soy un desagradecido. Pero no es este el lugar para hablar sobre esto.

Voy a desarrollar una o dos ideas sobre la cuestión que creo que constituyen la verdadera problemática ética en la actividad de los que hoy promueven la ayuda y defensa de los animales. Superficialmente, y como antecedente, es claro que ninguno de los grupos que hoy en Bolivia difunden el mensaje de amor a los animales tienen siquiera redactadas ciertas afirmaciones básicas, ciertos axiomas bajo los cuales deberían realizar su labor. Es decir, esto significa que el movimiento animalista en Bolivia hoy tiene una manera de actuar impulsiva. Y si me equivoco, pues que se me disculpe pero aclaro que todo lo que digo lo infiero por mi experiencia y por una lectura del clima humano en las redes sociales y de los dice-que-dice-que-dice de agentes directamente involucrados. Dudo que siquiera más de un diez por ciento de los que se autoproclaman activistas hayan leído (al menos) a Peter Singer (hecho elocuente por sí mismo) Pero este es un antecedente. He dicho que los movimientos animalistas hoy en Bolivia actúan de manera impulsiva. Todos, sin excepción, actúan, sin embargo, por algo en común: por las buenas intenciones, la compasión y el amor hacia los animales; por ese sentimiento tan inútil para la convivencia humana llamado “pena”. Y casi todas las campañas apelan a los sentimientos de nuevos activistas y de gente dispuesta a contribuir por el recurso discursivo, en textos e imágenes, al patetismo. Los buenos sentimientos abundan. Pero se extraña la ausencia del uso de la lógica, la  reflexión alrededor de la bioética y un razonamiento que mínimamente alcance al nivel del sentido común.

He acá el nudo problemático que hay que desatar, el núcleo tenso que hay que aliviar y resolver: el discurso de los movimientos animalistas hoy en Bolivia tiene como piso no a otra cosa que a un sentimentalismo primitivo que tiene como derivado el uso del recurso por la lástima. Sin duda, cualquier especialista en marketing y publicidad daría el visto bueno a esta estrategia.  Además, por contraparte, la ausencia de una reflexión seria sobre la bioética en activismo y en la política en defensa de los animales es algo por demás elocuente. Esto, en la práctica, deriva en una acción destinada al fracaso. Mi posición es clara: no bastan los buenos sentimientos; de hecho a mí no me importa en lo más mínimo cuanto amor y caridad y misericordia se pueda tener respecto a otro ser viviente. Ese es un asunto más bien teológico que político. El verdadero juicio sobre un ser humano (ahora hablo en general, no solamente sobre los animales) se mide en el valor de sus actos, en la importancia de sus actos en su contexto y, por lo tanto, en la coherencia de su accionar. Tal vez, no de modo inconsciente, acá me adhiero a algunas ideas del pensamiento materialista. Muy específicamente puedo referir a quien le interese la interesante y accesible obra del marxista lacaniano Slavoj Zizek “El sublime objeto de la Ideología”. Lo que constituye al ser humano, la Gran Razón de cada uno de nosotros, no está en lo que pensamos si no en nuestras acciones, que van desde los actos más mínimos que realizamos en nuestra privacidad sólo para nosotros mismos hasta nuestras acciones de carácter más público que puedan trascender a nuestros círculos sociales más inmediatos.

Esto puede parecer un punto de vista despiadado, frío y casi desalmado. Sin embargo, es todo lo contrario. Se trata más bien de dejar de lado las habladurías (en redes sociales, en redes íntimas, en redes públicas en general, etc.), dejar de lado el deseo por figurar, por destacar por encima de nuestros contemporáneos y similares. No pienso que sea posible dejar de lado al ego (el así llamado ‘ego’ en el habla común es un malentendido pues ‘ego’ no es más que la voz latina del pronombre ‘yo’). No me queda duda de que todos nuestros actos, aún los más desprendidos, están destinados a estimular nuestro propio yo, a sobrevivirnos mejor con nosotros mismos, a no resultarnos tan insoportables para nosotros mismos. Entendido esto, se trata, otra vez, de repensar en las mejores vías para convivir unos con otros. En retomar esa pregunta ya vieja (desarrollada desde los griegos antiguos y retomada por ciertos filósofos de finales del siglo XX) que se interroga: ¿Cómo vivir mejor?

            Para finalizar este opúsculo polemista y (cualquier lector atento ya lo habrá notado) furioso y bilioso, quisiera denunciar  la falta de un tronco fuerte de principios bioéticos en el accionar del movimiento animalista hoy en día en Bolivia. Este activismo animal del que hablo (que es público, escandalosamente difundido en las redes sociales y que acostumbra usar el recurso por el pathos) se encuentra en un estado de anemia, rumbo a su definitivo desahucio. El otro, el privado, el que se hace sin predicar ni enjuiciar a nadie, el que no forma agrupaciones, ese es el único que me interesa.

            No han sido pocas las veces que he escuchado (dada mi tendencia a la divagación y mi interés por el pensamiento abstracto, correctamente interpretado como esnobismo) que es mejor no complicarse la vida, no pensar demasiado. No es así y la vida, con dolores y angustias, me lo ha comprobado. Hoy y acá pensar y mucho, en este mundo que vivimos, no solamente es algo necesario si no que es un imperativo. No basta con dar opiniones, tocar el balón, pasarlo y marcharse. La mediocridad nos inunda y nos ahoga. Hay que pensar más. Hay que leer más. Hay que cultivar la paciencia. Y sobre todo, y pongo énfasis en esto, hay que aprender a cultivar el silencio. Vale.



martes, 17 de marzo de 2015

ENSAYOS MUSICALES: Somos tan técnicos/as: sobre el arte de escribir canciones





"Turing believes machines think,
Turing lies with men,

Therefore machines do not think".

Alan Turing


            La mitología pop cuenta que el encuentro temprano entre los Beatles y Bob Dylan tuvo un significado paradigmático en el trabajo a posteriori de ambas partes (consideremos por ahora, en los Beatles, tan sólo a John Lennon). Antes de este encuentro, es decir, en todos los discos previos al lanzamiento del álbum “Rubber Soul” (en cuanto a los Beatles se refiere pues Bob Dylan siempre será un tema aparte) , las canciones hablaban sobre el atractivo de mantener un secreto (“hice el amor contigo”), sobre la tristeza del amor, sobre los celos de amor, sobre la misoginia del amor, etc. (ya como solista, el año 78, McCartney lanzaría su manifiesta opinión al respecto con la canción “Silly love songs”, entiéndase entonces porque me mantengo con Lennon). No desearía que haya algún equívoco al respecto pues no tengo nada en contra de las canciones de amor.  Tomemos ese puñado de canciones de los primeros años de los Beatles. Ahora, hagamos un gran salto hasta hoy. Tomemos un ejemplo, tal vez grotesco, de lo que se escucha en los ríos musicales más navegados, en las corrientes principales, aguas infestadas de pirañas:


            X: ¿Cómo se llama, bonita, mi casa? ¡Shakira, Shakira!

          Shakira: ¡Oh baby! Cuando hablas así haces que una mujer se vuelva loca. Entonces sé sabio y continúa leyendo los sonidos de mi cuerpo. Estoy excitada esta noche y sabes que mis caderas no mienten… (etc, etc.)


            Lo grotesco del ejemplo es de por sí elocuente. Sin embargo, ¿acaso, a nivel de la composición de la letra, hay demasiada diferencia con los vuelos más sutiles de los primeros años de los Beatles? Me dirijo a la siguiente constatación: en cuanto al género del pop y rock se trata (y todos los derivados que van desde el folk hasta el reggae) existe, sin excepción, en todos nosotros una suerte de condescendencia ante la calidad de la parte textual o, si se quiere, cantada de una canción.  Se trata, obviamente, en primer lugar, de un aprendizaje musical en el cual todos aceptamos la soberanía de la calidad melódica por sobre la de la composición de la letra. Casi podría decirse que musicalmente aún se mantiene aquella regla de las jerarquías en la composición, tan bien expuesta por Auerbach en su gran libro sobre la mímesis, que en literatura de ficción ya fue superada desde la aparición de la novela: los temas bajos deberán ser compuestos en un estilo bajo y viceversa. La canción, entonces, hoy considerada como la expresión musical por excelencia (pues no es la única) estaría considerada, de ese modo,  como una forma baja, ordinaria, vulgar, baladí, etc. Al menos sucede así en lo que se ha llamado, para bien o para mal, el ‘mainstream’ musical. Por el momento no viene al caso reflexionar sobre las causas de esta situación ni menos entrar en el campo de la doxa, mi propio juicio al respecto,  y sentenciar este estado de cosas que no necesariamente es algo malo ni perjudicial para el estado de la música hoy. Simplemente es.


            Luego, tampoco es que la situación que he descrito en los párrafos anteriores sea algo definitivo e insuperable. Por supuesto que el mundo y la realidad siempre será algo mucho más complejo de lo que siquiera somos capaces de decir. Pero aun así, humildemente y a riesgo de fracasar en el intento de serlo, nombraré algunos compositores de lengua española. Y porque siempre tuve la tendencia, aún en silencio en mis propios pensamientos, de adelantarme ante posibles e imaginarias objeciones. Tenemos, muy cerca de donde escribo, a los vuelos cuasi poéticos que Spinetta nos dejó, casi todos fallidos y que morirían huérfanos si se los despojara de su anverso paternal musical. Luego, haciendo un gran salto sobre el océano, también tenemos las amaneradas metáforas de Joaquín Sabina que tienen la gran excusa de ser la sombra de una infinita tradición en poesía (al contrario de los ejercicios de estilo de Ricardo Arjona). Bob Dylan hizo todo lo que hizo aprendiendo del folk más profundo de los Estados Unidos. En un discurso reciente él mismo describe su modo de escribir como una asimilación por exhaustividad de haber sido un intérprete compulsivo de temas del folklore norteamericano. He citado a estos tres intérpretes y compositores por un denominador común: los tres tuvieron también su educación sentimental/musical en la lectura compulsiva de poetas ya ahora canonizados por la tradición (Artaud, Rimbaud, Cesar Vallejo, Dylan Thomas, Ezra Pound, T.S. Elliot, etc.) Tanto en el caso de Sabina como en el de Bob Dylan, ambos habrían deseado ser, inicialmente, poetas pero, ambos lo dicen de manera explícita, tuvieron a tiempo la conciencia (y con fortuna nuestra) de que les iba mejor con las canciones. Casos parecidos en cuanto al deseo de ser novelistas: Leonard Cohen (que efectivamente habría ya publicado tanto en poesía como en novela antes de lanzarse como música) y Lou Reed (cuyas canciones son casi en todos los casos enfáticamente prosaicas). En cuanto a este pequeño puñado de músicos, por ya ser músicos bien vilipendiados por una porción y adorados por otra,  quisiera limitarme tan sólo en mencionarlos.


            La cuestión de la canción es pues, un asunto que me intriga y me fascina. Ahora, en estas dos últimas décadas, puedo quedarme contento por la admiración con la que ciertos músicos, aún en formación y constante metamorfosis, han logrado, si no quebrar el estancado estado de la canción pop/rock (por dar una clasificación general). Mencionaré muy rápidamente algunos: Michael Gira, Stephen Merritt, Nacho Vegas, Jarvis Cocker, Jenny Hval, Nick Cave, Álvaro Henríquez, por mencionar los que se me vienen en la mente. Dos aclaraciones: a) tengo muy claro que el género de la canción constituye en sí un universo y no procuro compararlo de ningún modo con aquel habitado y constituido por la poesía escrita; b) hablando musicalmente, todos los músicos mencionados hasta ahora tienen entre sí alguna relación mínima y, en muchos casos, ninguna: el único rasgo que me permite encajonarlos en una categoría es la de ser compositores de canciones. 


            Ahora bien, no hay nada más gratificante, al menos en lo que va de mi experiencia, de mi educación sentimental en la música, al encontrarse con algo absolutamente nuevo, algo que te cae, algo que te provoca una caída en el amor. Describiré este asombro, esta pequeña felicidad producida por y en la música en dos tiempos. 


            Primero. Llegar a Stephen Merritt. A pesar de que, cinematográficamente hablando, mi interés suele inclinarse más bien por las narrativas ficcionales, tengo un afecto muy enfático por los documentas sobre música. A través de esta vía conocí a Stephen Merrit aka The Magnetic Fields. Por estar en el momento preciso en el lugar adecuado, por lo que sea en fin no importa, me llegó. Sobre todo, pues es su obra magna, lo primero que escuché fueron sus 69 canciones de amor. El álbum “69 Love Songs”, volviendo a mi introducción más bien poco elogiosa sobre las canciones de amor, puede y será considerado como una obra maestra, no solamente en cuanto a música pop se trata, sino en la larga tradición de obras sobre el amor que tiene su inicio en el Cantar de los Cantares, luego siglos después hay que mencionar al Cancionero de Petrarca y cuyo largo linaje puede incluir hoy en día, sin duda alguna, a los Fragmentos del discurso amoroso de Roland Barthes. Sobre todo haciendo un paralelismo con la intención de Barthes, las 69 canciones de amor de Stephen Merritt recorren exhaustivamente un sinfín de tópicos de la larga tradición de la literatura amorosa y, sobre todo, de la canción de amor, todas ellas creadas bajo aquella forma más bien artesanal con la que Flaubert quería rebajar a la escritura al nivel de un trabajo, al igual que un carpintero o un albañil. En cierta entrevista, Merritt cuenta que su intención inicial habría sido la de grabar 100 canciones. Y, día a día, con su hermetismo y rictus misántropo habitual, él se habría sentado en un agradable café gay hasta terminar las 69 canciones en aproximadamente cuatro meses (o tal vez tres). Más allá de hablar de canciones ‘inteligentes’ cabe hablar del ‘ingenio’ de Merritt que, más allá del valor que cada una de esas canciones tiene en sí, separadas una de las otras, logró llevar el género de la canción a un nivel alto, a un trabajo fuerte similar al de la composición agotadora de una sinfonía. No hay duda que la idea de ‘álbumes conceptuales’ merodea en el ambiente musical desde hace algunas decenas de años. Sin embargo, el trabajo prometeico de Merritt tiene un valor que va más allá de esta noción. Se podría decir que el trabajo de composición de letras de Merritt es un trabajo más bien de escritura clínica alrededor de un mismo tema, de un exhaustivo catálogo de situaciones amorosas expresadas por la canción (similar a los “fragmentos” de Barthes a través de la palabra escrita). 


            Segundo. The Magnetic Fields es una banda que, en la jerga común, puede ser considerada de culto. Es decir, adorada por una pequeña porción, un río intenso, una corriente feroz por la que pocos desean navegar. El año 2001, una banda mayormente desconocida fuera de su pequeño círculo de seguidores de culto (probablemente), interpreta un cover de Stephen Merritt en su disco “Eres PC/ Eres Mac”. Se trata del dúo intitulado como Hidrogenesse. Exactamente once años después, Hidrogenesse lanza al mundo algo difícil de describir. Ya aclararé porque. Se trata de un conjunto de canciones que, al igual que el disco de Merritt, está concebido alrededor de un eje temático: Alan Turing (el 2012 habría sido el centenario de su nacimiento; este año, 2015, se acaba de estrenar una biopic sobre este asombroso personaje cuyo nombre no carga demasiado ingenio: Enigma). Sin embargo, aquello que separa este proyecto de aquel de Merritt, sin desmerecerlo, es el trabajo no sólo de composición sino de investigación, de contextualización en todo sentido, de preparación para el momento de la escritura de cada canción que compone a este así nominado recital que lleva el título de “Un dígito binario dudoso”. Me puedo ahorrar, y debo hacerlo, demasiadas palabras para describir este proyecto pues ya la misma banda tiene un breve informe de cada canción en su página web (http://www.austrohungaro.com/hidrogenesse/turing/). Michel Onfray, filósofo contemporáneo, altamente controvertido y mediático hoy en día, reclama un arte en el que no se llevé el esfuerzo (aquella dificultad convocada por Lezama Lima como fuente de todo gozo) a un nivel de un hermetismo imposible. La gran falta, según Onfray, del arte contemporáneo es la de llevar los significados de las obras a un nivel de abstracción e ininteligibilidad más cercana a la oscuridad de los fondos de una mina tal que el espectador o lector o el oyente no pueda más que expresar una suerte de asombro producido por lo que no se entiende. Hoy en día la expresión común de “arte que te hace pensar” se ha hecho parte del habla de todos los días. Onfray reclama justamente lo que el ingenio del dúo Hidrogenesse ha logrado hacer: componer una obra bella que esté acompañada por una breve introducción por parte del autor, una suerte de mapa que ayude al oyente, en este caso, a navegar por la obra sin perderse todos sus detalles, facilitando así el disfrute sin que necesariamente se entregué la obra ya masticada y casi digerida. La experiencia de escuchar el proyecto de Hidrogenesse, junto a los informes de cada canción, es semejante a la cata de vinos en la que uno es llevado (tal vez inducido, no importa) a sentir en detalle cada sensación producida por el consumo de las diferentes cepas de vinos producidas por diferentes contextos (lugar, tiempo, conservación, etc.). Y como un añadido al gusto de los más exigentes gourmands musicales (no hay nada más horrendo que el epíteto de “melómano”), el dúo Hidrogenesse ofrece en sus dichos y dichosos informes breves detalles acerca del aspecto técnico del proceso musical en breves videos. 


            Después del asombro y felicidad del descubrimiento uno tiene que volver a la realidad, al mundo, a lo que sea. No se puede exigir nada a nadie, sobre todo si se sabe que el ingenio es algo  tan raro hoy y siempre. Las canciones fáciles, de letras sencillas y repetidas seguirán infestando, con felicidad no lo niego, nuestro contexto, nuestro diario transcurrir, en las calles, en los transportes públicos, en las tiendas de repuestos automotrices, en las salas de nuestras propias casas y en las ondas que se transmiten a través de nuestros audífonos. E intentamos ser felices con ello. Biológicamente, el cuerpo humano tiende al equilibrio y las emociones sumamente intensas, llevadas a una duración larga y a una exposición que lleve al paroxismo del cuerpo no pueden más que llevarnos al colapso, sino al entumecimiento total de nuestra capacidad de disfrutar algo, lo que sea.  Y así transcurrirá siempre nuestro mundo, nuestra realidad y nuestra pequeña felicidad.





lunes, 5 de enero de 2015

CLONAZEPÁN: Libro de poesía adolescente

He acá un libro pequeño de poesía autoeditado. Con un click (o dos) puede ser descargado y tal vez leído. Gracias y vale. Pueden compartilo, plagiarlo o lo que se haga hoy en día con la poesía.
Clonazepan (versión pdf)



martes, 2 de diciembre de 2014

ENSAYOS EPICÚREOS: Del gourmand Savarín al chef Michelín: sobre gastronomía y el culto a la personalidad

El amigo: Los gastrónomos os leerán dado que tú les rindes justicia 
y les otorgas el lugar que les corresponde en la sociedad
El autor: Por esta vez, dices algo cierto: es inconcebible que ellos hayan sido por tanto tiempo ignorados, 
¡estos apreciados gastrónomos! Yo tengo por ellos un amor paternal. 
¡Ellos son tan gentiles y sus ojos son tan brillantes!
Jean Anthelme Brillat-Savarin. Fisiología del gusto (1825)
    Mientras nos dirigíamos al hotel donde se llevaría a cabo cierto foro de gastronomía, hotel propiedad de un acaudalado cementero boliviano, mi esposa y yo debatíamos sobre una reciente polémica menor sucedida en cierta red social virtual, específicamente, en ese terreno propio a llevarse a cabo estas banalidades: los foros de comentarios virtuales, que no son más que el hijo esperpéntico de la democracia en el que todos tienen voz: la actualización de lo que antes habría sido sólo una idea abstracta: la chusmería. La polémica discurrió  por ciertos chauvinismos exaltados pasando por defensas de la propiedad autoral del folklore originario para llegar a los insultos y demás vulgaridades del género del estilo bajo. La polémica como tal en verdad surgió porque uno de los participantes, el verdadero ofendido y punto de todos los ataques, un talentoso chef de nacionalidad peruana empleado en uno de los restaurantes más prestigiosos en Bolivia, cometió el error común a todo ser humano dado a los impulsos que no ha leído a Epicuro y entregado al impulso desmedido de la ira, hizo públicas ciertas ideas que no podrían menos que resultar ofensivas al pueblo boliviano, sea lo que sea que es un “pueblo boliviano”.
    Ahora bien, volviendo al asunto del foro gastronómico. Hubo conferencias y hubo un concurso en el que, por puro arbitrio y necesidad de los chefs que habrían organizado dicho evento, se mezcló la categoría junior con la senior; de otro modo, mi esposa habría salido ganadora imbatible porque es la mejor.
    Sobre las conferencias quisiera dar un gran salto y narrar las últimas dos, aquellas que cerraron de manera magistral el evento. La primera sufrió un retraso de más de una hora; los asistentes, en todo caso, fueron los que sufrieron dicho retraso. El motivo: la falta de ciertos insumos exigidos por el chef en cuestión, de ciertas condiciones sin las cuales él no estaba preparado a salir en escena (se trata de un reconocido chef boliviano que se abrió paso hacia el éxito gastronómico pagando su educación en esta área como payasito). Por eso no fue gran sorpresa que el público fue testigo de una bizarra puesta en escena: tres sujetos, enmascarados al estilo del comandante Marcos, entonaban unos raps disonantes mientras repartían eufóricamente algunos productos culinarios puestos a degustación de los participantes. Dicha introducción  duró tres canciones tras las cuales el mentado justificó su estridencia con un discurso que hoy es pan de cada día sobre los estratos sociales, el nuevo andinismo, la pobreza y la cocina gourmet. Por mí parte, lo único relevante que me quedó fue lo siguiente: helado de carachi y el efecto sorpresa de esconder al comensal los ingredientes para luego sorprenderlo, una suerte de terapia de shock aplicada al arte de comer. A continuación, el evento fue clausurado con una cuarta canción de rap y un nuevo ágape comunitario y, obviamente, estridente. Todo esto sucedió a vista de todos. De manera lateral, al chef de tres estrellas Michelin, italiano, exquisito y soberbio, empezaba a subirle los flujos de ira que, tras haber advertido y pedido al chef boliviano que acortara su histriónica presentación, llegó a explotar en una furiosa indignación, en un simulacro de retirada digna de divas como Marlene Dietrich, Marilyn Monroe o Verónica Kloss. Los insultos a los organizadores no fueron escasos. Pero todo se enfrío y la conferencia magistral del chef Michelin, como el muy gustosamente y tal vez irónicamente supo autobautizarse, fue un verdadero placer para el ojo gourmet y para todo amante de la formalidad, como su merced que ahora escribe. Entre bromas de desprecio muy disimuladas ante su camarada andinista, el chef Michelin demostró sus artes al modo de los grandes magos ilusionistas: no faltó el momento de la levitación de un plato a todas luces delicioso.  Dejando de lado las negligencias respecto al concurso (insumos robados y sabotajes entre los participantes, uno que otro apagón de la electricidad, por dar ejemplos comunes a estos casos) uno no podía haberse ido desilusionado por haber pagado por un gran espectáculo.
    No voy a hablar sobre comida ni me interesa dar nombres y apellidos. Sin embargo, tengo el antojo de dejar sueltas algunas palabras respecto al arte de cocinar y su estado actual. Ya desde hace varios años que la figura del chef (“jefe” en francés) ha ido cobrando en la mirada pública una nueva imagen. El chef es hoy en día la nueva estrella de rock, personaje sometido a la vista pública que puede, porque las estrellas de rock lo pueden, demoler hoteles, quebrar los dedos de sus ayudantes y otras extravagancias socialmente permitidas. Antes debo dejar en claro que en un sentido moral, no tengo nada en contra de la soberbia y el solipsismo, al menos mientras no me llegue de manera directa con astillas de por medio; la soberbia, el esnobismo, no puedo dejar de decirlo, son grandes virtudes mientras sean llevadas a cabo bajo un fino cálculo y, sobre todo, con estilo. Y sin embargo…
    El símil del chef con la estrella de rock no resulta algo para nada arbitrario. En ambos casos, el producto final (la música, la comida) está estrechamente ligado al estímulo de los sentidos. En ambos casos, hoy en día, es necesario dar muestra de una gran personalidad: estridencia, ira, frivolidad  y elegancia. Y esto, como lo he dicho antes, no tiene nada de malo. Los chefs destacados al igual que los músicos del rock deben brillar sin vergüenza dada su condición: estrellas, luminarias. Ahora quisiera pensar más bien dónde se dividen ambos oficios. El músico, hoy y siempre, ha figurado en la imagen pública como una suerte de criatura que goza de un privilegio especial, de una licencia poética vital para su extravagancia. Por el contrario, cuando hablamos de chef no siempre estamos hablando de un gastrónomo, de un gourmand. El músico no debe dar muestra de un estilo de vida en especial: puede ser obeso, toxicómano, racista, etc. El gastrónomo, en cambio, no sólo tendría que saber preparar un buen plato si no, más bien, cultivar con sabiduría el arte del buen comer. De esos, de los gastrónomos, poco sabemos porque ellos saben mantenerse al margen de las luminarias y de la grasa de las capitales. Por el otro lado, dada la aceleración frenética de cualquier profesión, el chef tiene que hacer gala de dicho nombre con el debido rigor. Los chefs de hoy en día, más allá de que sean o no gastrónomos en todo el sentido de la palabra, deben mudar la reflexión por el arte de la comida para economizar el tiempo a la reflexión por la debida administración de una cocina. Si el plato no está listo a tiempo, el cliente no paga y eso lo resume todo. La sociedad de hoy en día nos fuerza a tomar ejemplo de Prometeo y sostener más peso sobre nuestras espaldas del que correspondería a nuestra verdadera condición. Sobre esto muy bien lo saben las salas de espera de los psiquiatras y las empresas farmacéuticas.
    Pero el ser humano, inconscientemente al menos, es sabio. Ante la exigencia del ritmo del profesional de la comida, se ha creado un contrapeso para balancear la situación. La sobre estimación de la imagen del chef. Me parece que hoy en día la idea de que el chef es un tirano déspota y que eso está bien está extendida y asimilada por todos. Acá, otra vez como en cada paso que vemos, podemos ver el trabajo de los tentáculos de la ideología. Esta idea recibe un condicionamiento positivo y acreditación masiva, sobre todo, a través de los programas llamados “Reality shows”. En ellos observamos ya no ficciones sino arrebatadoras realidades (como si la realidad fuera una sola y pudiera ser capturada por siempre por una cámara, como lo hacían los cazafantasmas en su dispositivo aspirador, como lo hacían los cazadores de pokemones en sus pokebolas). Y a fuerza de contemplar estos programas hemos empezado a gozar el espectáculo de la humillación ajena y a admirar al chef violento y grosero. Y para nosotros eso está bien y con ello vivimos y así se nos va la vida.
    Quise reservarme el desenlace del suceso del chef peruano con el que habría introducido este ensayo para el último momento. Dos días después de dicho suceso se anunció, a pesar de que dicho chef se disculpó por su comportamiento de manera pública, su inminente despido. Y qué gran sorpresa dado que el propietario de dicho restaurant es el mismo cementero del hotel que antes habría mencionado. A nadie que aspire el poder a largo le conviene manchar su historial y su buena conducta por culpa del exabrupto de un cualquiera cuyo único mérito en la vida es conocer el arte de la buena cocina.
    Jean Anthelme Brillat-Savarin publico el primer tratado sobre la gastronomía. Savarín fue sin duda un ejemplar precusor de las enseñanzas de Epicuro, sabio y gozoso, comprendiendo que toda reflexión y hacer en torno a la comida tiene que partir por una debida fisiología del gusto y no por otro camino desviado o torcido. Me resultaría muy grato poder concluir este breve comentario respecto a la gastronomía hoy en día con un par de aforismos de Epicuro elegidos al azar de la traducción hecha por José Vara:

                  “Reviento de satisfacción en mi cuerpecillo cuando consumo agua y pan, y detesto los placeres lujosos, no por los propios placeres, sino por los dolores que por esa razón les siguen.”

"Jamás pretendí agradar al vulgo. Pues lo que a él le agradaba no lo aprendí yo, y, por contra, lo que sabía yo estaba lejos de su comprensión.”

viernes, 24 de octubre de 2014

ENSAYOS MUSICALES: Charly García debe morir




Charly García debe morir


Kill my mother

Kill my refrigerator

But don’t kill me

Charly García




1) En la base de mi educación sentimental se encuentra, entre unos pocos, Charly García y con él toda la fauna de música que ha constituido y que aun constituye su hábitat. 2) Yo también, en ingenua utopía, tuve una banda y en esa banda, con felicidad e inocencia, interpreté covers de esta especie musical de por sí, muy llamativo y sugestivo. 3) Concuerdo con la opinión de cierto crítico musical boliviano en cuanto a que lo único relevante producido por el rock argentino, al menos al nivel de la historiografía del rock a grandes rasgos tal como ahora lo conocemos, fue el disco de Pescado Rabioso “Artaud” (1973). 4) Considero válida toda forma de parricidio. 5) Exceptuando algunas luminarias que brillan por su propia luz, el rock producido en Bolivia ha sufrido siempre de una fulgurante anemia y de un implícito diagnóstico y esperanza de desahucio. 6) En la pequeña y patética historia del rock en Bolivia la influencia del rock argentino ha sido nefasta (al igual que pero tal vez en mayor grado que las alas de alta pretensión del jazz traducido a la retórica del rock). 6) En Bolivia las bandas que hacen tributo al rock que llega de Argentina (o de cualquier parte, que todo esto sea comprendido con mente más amplia) son una plaga, al igual que lo fue la peste negra en la Europa medieval y al igual que ahora lo son los poetas en Chile. 7) El atardecer de este tiempo oscuro es inminente, aunque aún en funambulescas ‘veladas culturales’ se oigan como cantos funerarios los acordes de “Rasguña las piedras” o “Confesiones de Invierno”. 8) El invierno se acerca y la noche es oscura y plena en terrores. 9) Charly García debe morir.

viernes, 17 de octubre de 2014

ENSAYOS MUSICALES: La prisión del lenguaje, la canción y un oasis

¿Ground control to major Tom?
Ziggy Stardust, Space Oddity


Desde que tengo memoria, desde que fui capaz de formular algunas ideas propias, no necesariamente originales, siempre me sobreveló una cierta sensación de irrealidad: sensación que siempre tuvo más que ver con la búsqueda por la conversación perfecta, por esa frustración de decir algo y escuchar de vuelta algo totalmente diferente. Aunque parezca un ejemplo grotesco y torpe, en alguna ocasión, afectado por el efecto del alcohol, imaginé la bizarra situación en la que, al observar el color del orín del hombre que también está en el baño conmigo, note que se trata de un color morado y, de ahí en adelante, comprobar certeramente que todos los hombres orinan de un color que a mis ojos se ve morado y no amarillo o transparente como veo el mío. La paranoia por esta situación tiene que ver con un terror por lo diferente, por aquello que no soy yo y que nunca comprenderé y de lo que nunca formaré parte. Es el temor a la soledad absoluta, que te golpea como un rayo espontáneo en una tormenta, un rayo que te elige a ti con toda la arbitrariedad y violencia eléctrica que puede tener un rayo. Tengo una breve intuición de que este temor es universal y, que es más, que el miedo, el Gran Miedo es lo que nos impulsa a todos a hacer todo lo que hacemos.
Y desde que tengo memoria, falaz y frágil memoria, mis ambiciones han cambiado. Mi infancia y adolescencia fue marcada por la fascinación por las grandes ideas, por la búsqueda de grandes verdades, tan grandes que ya no tenga nada más que hacer que regocijarme en ellas. Ahora, al igual que Kafka en sus aforismos, me sorprendo por el hecho de que alguna vez pude tener algo así como una pregunta sobre la vida. La post-adolescencia me condenó a un imperdonable desencanto y frenesí autodestructivo por la búsqueda de la vida soberana, esa que con tanta indolencia Georges Bataille predico en muchas partes de su obra. Ahora, hoy en día, tan sólo  me interesan las pequeñas ideas: pequeñísimas como hormigas, que tienen una vida mínima, microscópica y que no dañan a nadie, que no hace nada más que ser ideas pequeñas, humildes y hermosas Más allá de mi inconfesable soberbia debo confesar que ahora, hoy en día, de manera paralela a esta fascinación por las ideas mínimas, también he empezado a empezar a sentir una franca repugnancia, si no recelo, de toda forma de expresión suntuosa: en pocas palabras, toda expresión cargada de altas pretensiones me causa una desagradable alergia en la piel, en mis membranas auditivas y en mi nervio óptico.  Estoy hablando ahora claramente sobre la música, sobre la literatura, sobre el cine.
Por todo esto, no puedo más que dejar de sentir, primero, una adoración intransigente por la ficción en todas sus formas. Al igual que Aristóteles, traducido a un español contemporáneo, afirmo que siempre preferiré contemplar lo imposible pero potencialmente verosímil que lo posible, real y actualmente maravilloso. Luego, en la música, las pequeñas ideas que me encantan, el lugar privilegiado donde se crían los preciosos homúnculos musicales que nacen y mueren por unos minutos es el formato de la canción. Había empezado mencionando mi sospecha por la comunicación perfecta, por el intercambio de signos perfectos que con el paso de tiempo es más que una certeza. El ámbito de los afectos, aquel en el que no es necesario hablar ni explicar nada ni reclamar ni argumentar ni culpar, aquel que nos sobrevivo y nos ayuda a sobrevivir, ese es un ámbito que por su propia condición es inefable. Pero el de la canción, de ese sí puedo decir algunas palabras. ¿Acaso se me puede condenar por el hecho de que la muerte de Lou Reed me causó muchos más estragos emocionales que la muerte de mi abuelo o de mi abuela? Así fue y debo decirlo, duela a quien duela, pues detrás de esta situación algo se está moviendo. Pensar que Lou Reed sabe o supo algo de mí ya sería un serio síntoma de una galopante psicosis. No es así. La canción (al igual que la narración ficcional, considero) es el ámbito perfecto del intercambio equilibrado entre los afectos y los signos del lenguaje. La condición primordial: el silencio. El silencio de un interlocutor y la apertura total del otro. La canción es la metáfora máxima de la amistad tal cual Barthes la habría concebido: el espacio de máxima resonancia en la comunicación. ¿Es que será alguna suerte de patología el hecho de haberme vuelto irremisiblemente dependiente de la ficción y de la música, casi como lo es el heroínamo de su dosis regular? Pienso que no. A veces, observando a los que me rodean, en mi casa, en el bus, frente a mi espejo, abstraídos por una inapelable e urgente  necesidad de estar en contacto maniático (como si fuera cosa de vida o muerte), en las así llamadas redes sociales, con todos pero a la vez con nadie, fatal paradoja, pienso que la necesidad por la perfecta comunicación tiene que ver con alguna especie de fractura innata en nuestra alma, en nuestro espíritu o como se quiera, que nos lleva incansablemente a buscar una y otra forma de decir algo, de hacer algo, pues siempre algo hay que decir, algo hay que hacerse y hay que decirlo y hacerlo con temerosa y valerosa convicción, sea lo que sea. Y como deportistas, así venceremos, adelante pues.

Jacques Lacan ya habría anunciado, en sus crípticos y esperpénticos modos, la imposibilidad de una relación plena con el otro, imposibilidad producida por el muro que nos separa construido, ladrillo a ladrillo, por nuestro lenguaje, por nuestras palabras, por todo lo que decimos y por todo lo que queremos decir cuando decimos. De todos modos, tampoco hay que caer en la queja ni en el patético plañido Ni todo estás perdido y el mundo puede ser algo maravilloso. Recordando a Charly García, al igual que él pienso que todo lo que necesito para ser feliz (en caso de tener que ser aislado en una isla desierta) es una mujer a quien amar, un sándwich y una guitarra; y claro, un lector digital que, como la biblioteca de Babel, nunca permita que mi pulsión por el silencio haga crack, que las ficciones abunden, que ficcionen mientras la realidad realiza, que esa canción del carajo nunca deje de sonar y retumbar como un fantasma lirico y repetitivo en nuestras membranas oculares. Que ande pues yo siempre caliente y ríase la gente. 

Perro que ladra no muerde: apología por los animales

Cuando Ulises, en La Odisea de Homero,  llegó a Ítaca disfrazado de anciano nadie lo reconoció, ni siquiera su esposa que con tanto fervor y llanto anhelaba su regreso, ni siquiera su hijo que construía sus fantasías marítimas de cada noche pensando en él. Nadie excepto Argos, el viejo perro que lo esperó hasta dar su definitivo estertor. En contra de toda apariencia, de todo prejuicio, Argos supo inmediatamente reconocer a Ulises; entonces pudo morir en paz. No puedo dejar de sentirme conmovido por esta figura. Me sucede igual cada tanto, con mi propio Argos,  cada vez que colapso en silencio al modo que Wittgenstein enseñó: de lo que no sabe es mejor no hablar.

            Hace unos días hubo un caso muy promovido en los periódicos. El caso de un perro contagiado del virus de Ébola a quién el hombre que lo había criado rogaba de aún concederle la vida bajo el argumento de que él era su hijo. El perro fue masacrado, silenciosamente y con decoro, pero masacrado de todos modos. ¿Acaso el argumento de que aquel animal era el hijo de alguien no bastaba? Acá se jugó una gran paradoja, una crasa contradicción: la priorización de la vida humana por la de los animales. Se supondría que este tipo de estrategias tendrían que tener como axioma, como principio el respeto de la vida por sobre todas las cosas. Y no sucede así. Lo que, al hablar de humanismos, se pone en juego no es tanto el respeto por la vida si no el respeto por el lenguaje. Pues, desde este punto de vista, lo único que diferencia a un ser humano de un animal es el hecho de que el ser humano tiene capacidad de hablar, de simbolizar, de dar un sentido a las cosas bajo la utilización de signos claros e inconfundibles. Esta capacidad, muy bien lo sabemos todos, fue gracia de obras maravillosas como también de catástrofes de proporciones infinitamente terribles. Priorizar el lenguaje no es priorizar al ser humano. Eso es tan sólo una causa abstracta: la abstracción de una abstracción. La eutanasia de un animal tendría que tener su correspondiente figura, que no quepa duda, con la legalización de la eutanasia en seres humanos. Pues los seres humanos, o al menos algunos, morirían agradecidos por haber sido bien asistidos en su último momento, sin dolor y en paz, sin tragedia ni pathos ni humillación. Los animales, los perros en este caso, tan sólo cuentan con una fulgurante pulsión de vida, la eutanasia de animales es un gran contrasentido: con los animales sólo se puede de hablar de asesinato. No juguemos y no nos embardunemos más con términos medios, dejemos de ser criaturas tan solemnemente tibias.

Y es que mi reciente descubrimiento por el activismo por los perros supuso una salida positiva a mi irremediable misantropía. Debo aclararlo: mi misantropía no abarca a todos y tan sólo supone a priori que todos los seres humanos son viles, desconfiables y portadores potenciales de todos los males; la experiencia me enseña que algunos, unos seres humanos cuantos, se salvan y se salvan por distancias inmesurables, lejos de aquellos que no. Aun así,  desear la subsistencia larga del ser humano, craso error en los deseos de la historia del universo, siempre me pareció un desatino. Desearía, más bien, una tierra poblada de vacas y gatos y perro y gansos y ruidosos chanchos: criaturas del ritmo perfecto y, sobre todo, criaturas libres de toda forma del Mal, del Mal que nos asfixia cada día al salir a las calles, cada vez que nos aventuramos a ir un poco más lejos de nuestro preciado círculos de afinidades afectivas, de aquellos a quienes amamos y queremos.


            Hace algunos años aún me atrevía a irritarme y a lanzar un garabato en voz baja cada vez que pisaba la deposición fecal de un perro en la calle. Hoy, al conocer la muerte (que aún tiene dignidad) de seres sumamente queridos pero también la muerte (desalmada y aceptada socialmente) de animales en los bordes de las calles, muertes causadas por seres humanos que más merecerían estar condenados a algún círculo del infierno de Dante, cada vez que ensucio mi zapato siento alegría, siento júbilo irreprimible. Por eso, cuando saco a pasear a mi Argos personal jamás recojo, en una bolsa la deposición fecal (ya cansado de tener que acudir a las bolsas de basura para depositar cadáveres de animales encontrados , gratuitamente en cada esquina de esta ciudad). Y mientras no se otorgue el lugar correspondiente en la ética, si no íntima de cada persona (que es una utopía imposible, con la redundancia necesaria), al menos en la ética del ciudadano, pienso ensuciar cada rincón de esta ciudad que nos mata cada día y mata a nuestros seres amados, a nuestros hermanos, amigos, esposas, madres, hijos, etc. Que nuestras calles se colmen de rebosantes montañas de heces fecales de perros gozosos y jubilosos, que esa montaña caiga sobre nuestra edificación social que con tanto orgullo nos hemos afanado en mantener y que logre que todo lo que consideramos correcto y normal colapse, que no haya más que un eterno hedor a perro mojado, a gato lamido, a oveja berreante y a chancho ruidoso. A veces, cuando pienso en lo extraño que es el ser humano, me abismo en una incertidumbre ruidosa, como la que nos enseñó Wittgenstein: de lo que no se sabe es mejor no hablar.