¿Ground control to major Tom?
Ziggy Stardust, Space Oddity
Desde que
tengo memoria, desde que fui capaz de formular algunas ideas propias, no
necesariamente originales, siempre me sobreveló una cierta sensación de
irrealidad: sensación que siempre tuvo más que ver con la búsqueda por la
conversación perfecta, por esa frustración de decir algo y escuchar de vuelta
algo totalmente diferente. Aunque parezca un ejemplo grotesco y torpe, en
alguna ocasión, afectado por el efecto del alcohol, imaginé la bizarra
situación en la que, al observar el color del orín del hombre que también está
en el baño conmigo, note que se trata de un color morado y, de ahí en adelante,
comprobar certeramente que todos los hombres orinan de un color que a mis ojos
se ve morado y no amarillo o transparente como veo el mío. La paranoia por esta
situación tiene que ver con un terror por lo diferente, por aquello que no soy
yo y que nunca comprenderé y de lo que nunca formaré parte. Es el temor a la
soledad absoluta, que te golpea como un rayo espontáneo en una tormenta, un
rayo que te elige a ti con toda la arbitrariedad y violencia eléctrica que
puede tener un rayo. Tengo una breve intuición de que este temor es universal
y, que es más, que el miedo, el Gran Miedo es lo que nos impulsa a todos a
hacer todo lo que hacemos.
Y desde que
tengo memoria, falaz y frágil memoria, mis ambiciones han cambiado. Mi infancia
y adolescencia fue marcada por la fascinación por las grandes ideas, por la
búsqueda de grandes verdades, tan grandes que ya no tenga nada más que hacer
que regocijarme en ellas. Ahora, al igual que Kafka en sus aforismos, me
sorprendo por el hecho de que alguna vez pude tener algo así como una pregunta
sobre la vida. La post-adolescencia me condenó a un imperdonable desencanto y
frenesí autodestructivo por la búsqueda de la vida soberana, esa que con tanta
indolencia Georges Bataille predico en muchas partes de su obra. Ahora, hoy en
día, tan sólo me interesan las pequeñas
ideas: pequeñísimas como hormigas, que tienen una vida mínima, microscópica y
que no dañan a nadie, que no hace nada más que ser ideas pequeñas, humildes y
hermosas Más allá de mi inconfesable soberbia debo confesar que ahora, hoy en
día, de manera paralela a esta fascinación por las ideas mínimas, también he
empezado a empezar a sentir una franca repugnancia, si no recelo, de toda forma
de expresión suntuosa: en pocas palabras, toda expresión cargada de altas
pretensiones me causa una desagradable alergia en la piel, en mis membranas
auditivas y en mi nervio óptico. Estoy
hablando ahora claramente sobre la música, sobre la literatura, sobre el cine.
Por todo esto,
no puedo más que dejar de sentir, primero, una adoración intransigente por la
ficción en todas sus formas. Al igual que Aristóteles, traducido a un español
contemporáneo, afirmo que siempre preferiré contemplar lo imposible pero
potencialmente verosímil que lo posible, real y actualmente maravilloso. Luego,
en la música, las pequeñas ideas que me encantan, el lugar privilegiado donde
se crían los preciosos homúnculos musicales que nacen y mueren por unos minutos
es el formato de la canción. Había empezado mencionando mi sospecha por la
comunicación perfecta, por el intercambio de signos perfectos que con el paso
de tiempo es más que una certeza. El ámbito de los afectos, aquel en el que no
es necesario hablar ni explicar nada ni reclamar ni argumentar ni culpar, aquel
que nos sobrevivo y nos ayuda a sobrevivir, ese es un ámbito que por su propia
condición es inefable. Pero el de la canción, de ese sí puedo decir algunas
palabras. ¿Acaso se me puede condenar por el hecho de que la muerte de Lou Reed
me causó muchos más estragos emocionales que la muerte de mi abuelo o de mi
abuela? Así fue y debo decirlo, duela a quien duela, pues detrás de esta
situación algo se está moviendo. Pensar que Lou Reed sabe o supo algo de mí ya
sería un serio síntoma de una galopante psicosis. No es así. La canción (al
igual que la narración ficcional, considero) es el ámbito perfecto del
intercambio equilibrado entre los afectos y los signos del lenguaje. La
condición primordial: el silencio. El silencio de un interlocutor y la apertura
total del otro. La canción es la metáfora máxima de la amistad tal cual Barthes
la habría concebido: el espacio de máxima resonancia en la comunicación. ¿Es
que será alguna suerte de patología el hecho de haberme vuelto irremisiblemente
dependiente de la ficción y de la música, casi como lo es el heroínamo de su
dosis regular? Pienso que no. A veces, observando a los que me rodean, en mi
casa, en el bus, frente a mi espejo, abstraídos por una inapelable e urgente necesidad de estar en contacto maniático (como
si fuera cosa de vida o muerte), en las así llamadas redes sociales, con todos
pero a la vez con nadie, fatal paradoja, pienso que la necesidad por la
perfecta comunicación tiene que ver con alguna especie de fractura innata en
nuestra alma, en nuestro espíritu o como se quiera, que nos lleva
incansablemente a buscar una y otra forma de decir algo, de hacer algo, pues
siempre algo hay que decir, algo hay que hacerse y hay que decirlo y hacerlo
con temerosa y valerosa convicción, sea lo que sea. Y como deportistas, así
venceremos, adelante pues.
Jacques Lacan
ya habría anunciado, en sus crípticos y esperpénticos modos, la imposibilidad
de una relación plena con el otro, imposibilidad producida por el muro que nos
separa construido, ladrillo a ladrillo, por nuestro lenguaje, por nuestras
palabras, por todo lo que decimos y por todo lo que queremos decir cuando
decimos. De todos modos, tampoco hay que caer en la queja ni en el patético
plañido Ni todo estás perdido y el mundo puede ser algo maravilloso. Recordando
a Charly García, al igual que él pienso que todo lo que necesito para ser feliz
(en caso de tener que ser aislado en una isla desierta) es una mujer a quien
amar, un sándwich y una guitarra; y claro, un lector digital que, como la
biblioteca de Babel, nunca permita que mi pulsión por el silencio haga crack,
que las ficciones abunden, que ficcionen mientras la realidad realiza, que esa
canción del carajo nunca deje de sonar y retumbar como un fantasma lirico y
repetitivo en nuestras membranas oculares. Que ande pues yo siempre caliente y
ríase la gente.

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