Cuando
Ulises, en La Odisea de Homero, llegó a Ítaca disfrazado de anciano nadie lo
reconoció, ni siquiera su esposa que con tanto fervor y llanto anhelaba su
regreso, ni siquiera su hijo que construía sus fantasías marítimas de cada
noche pensando en él. Nadie excepto Argos, el viejo perro que lo esperó hasta
dar su definitivo estertor. En contra de toda apariencia, de todo prejuicio,
Argos supo inmediatamente reconocer a Ulises; entonces pudo morir en paz. No
puedo dejar de sentirme conmovido por esta figura. Me sucede igual cada tanto,
con mi propio Argos, cada vez que
colapso en silencio al modo que Wittgenstein enseñó: de lo que no sabe es mejor
no hablar.
Hace unos días hubo un caso muy promovido en los
periódicos. El caso de un perro contagiado del virus de Ébola a quién el hombre
que lo había criado rogaba de aún concederle la vida bajo el argumento de que
él era su hijo. El perro fue masacrado, silenciosamente y con decoro, pero
masacrado de todos modos. ¿Acaso el argumento de que aquel animal era el hijo
de alguien no bastaba? Acá se jugó una gran paradoja, una crasa contradicción:
la priorización de la vida humana por la de los animales. Se supondría que este
tipo de estrategias tendrían que tener como axioma, como principio el respeto
de la vida por sobre todas las cosas. Y no sucede así. Lo que, al hablar de
humanismos, se pone en juego no es tanto el respeto por la vida si no el respeto
por el lenguaje. Pues, desde este punto de vista, lo único que diferencia a un
ser humano de un animal es el hecho de que el ser humano tiene capacidad de
hablar, de simbolizar, de dar un sentido a las cosas bajo la utilización de
signos claros e inconfundibles. Esta capacidad, muy bien lo sabemos todos, fue
gracia de obras maravillosas como también de catástrofes de proporciones
infinitamente terribles. Priorizar el lenguaje no es priorizar al ser humano.
Eso es tan sólo una causa abstracta: la abstracción de una abstracción. La
eutanasia de un animal tendría que tener su correspondiente figura, que no
quepa duda, con la legalización de la eutanasia en seres humanos. Pues los
seres humanos, o al menos algunos, morirían agradecidos por haber sido bien asistidos
en su último momento, sin dolor y en paz, sin tragedia ni pathos ni
humillación. Los animales, los perros en este caso, tan sólo cuentan con una
fulgurante pulsión de vida, la eutanasia de animales es un gran contrasentido:
con los animales sólo se puede de hablar de asesinato. No juguemos y no nos
embardunemos más con términos medios, dejemos de ser criaturas tan solemnemente
tibias.
Y
es que mi reciente descubrimiento por el activismo por los perros supuso una
salida positiva a mi irremediable misantropía. Debo aclararlo: mi misantropía
no abarca a todos y tan sólo supone a priori que todos los seres humanos son
viles, desconfiables y portadores potenciales de todos los males; la
experiencia me enseña que algunos, unos seres humanos cuantos, se salvan y se
salvan por distancias inmesurables, lejos de aquellos que no. Aun así, desear la subsistencia larga del ser humano,
craso error en los deseos de la historia del universo, siempre me pareció un
desatino. Desearía, más bien, una tierra poblada de vacas y gatos y perro y
gansos y ruidosos chanchos: criaturas del ritmo perfecto y, sobre todo,
criaturas libres de toda forma del Mal, del Mal que nos asfixia cada día al
salir a las calles, cada vez que nos aventuramos a ir un poco más lejos de
nuestro preciado círculos de afinidades afectivas, de aquellos a quienes amamos
y queremos.
Hace algunos años aún me atrevía a irritarme y a lanzar
un garabato en voz baja cada vez que pisaba la deposición fecal de un perro en
la calle. Hoy, al conocer la muerte (que aún tiene dignidad) de seres sumamente
queridos pero también la muerte (desalmada y aceptada socialmente) de animales
en los bordes de las calles, muertes causadas por seres humanos que más
merecerían estar condenados a algún círculo del infierno de Dante, cada vez que
ensucio mi zapato siento alegría, siento júbilo irreprimible. Por eso, cuando
saco a pasear a mi Argos personal jamás recojo, en una bolsa la deposición
fecal (ya cansado de tener que acudir a las bolsas de basura para depositar
cadáveres de animales encontrados , gratuitamente en cada esquina de esta
ciudad). Y mientras no se otorgue el lugar correspondiente en la ética, si no
íntima de cada persona (que es una utopía imposible, con la redundancia
necesaria), al menos en la ética del ciudadano, pienso ensuciar cada rincón de
esta ciudad que nos mata cada día y mata a nuestros seres amados, a nuestros
hermanos, amigos, esposas, madres, hijos, etc. Que nuestras calles se colmen de
rebosantes montañas de heces fecales de perros gozosos y jubilosos, que esa
montaña caiga sobre nuestra edificación social que con tanto orgullo nos hemos
afanado en mantener y que logre que todo lo que consideramos correcto y normal colapse,
que no haya más que un eterno hedor a perro mojado, a gato lamido, a oveja berreante
y a chancho ruidoso. A veces, cuando pienso en lo extraño que es el ser humano,
me abismo en una incertidumbre ruidosa, como la que nos enseñó Wittgenstein: de
lo que no se sabe es mejor no hablar.

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