viernes, 17 de octubre de 2014

Perro que ladra no muerde: apología por los animales

Cuando Ulises, en La Odisea de Homero,  llegó a Ítaca disfrazado de anciano nadie lo reconoció, ni siquiera su esposa que con tanto fervor y llanto anhelaba su regreso, ni siquiera su hijo que construía sus fantasías marítimas de cada noche pensando en él. Nadie excepto Argos, el viejo perro que lo esperó hasta dar su definitivo estertor. En contra de toda apariencia, de todo prejuicio, Argos supo inmediatamente reconocer a Ulises; entonces pudo morir en paz. No puedo dejar de sentirme conmovido por esta figura. Me sucede igual cada tanto, con mi propio Argos,  cada vez que colapso en silencio al modo que Wittgenstein enseñó: de lo que no sabe es mejor no hablar.

            Hace unos días hubo un caso muy promovido en los periódicos. El caso de un perro contagiado del virus de Ébola a quién el hombre que lo había criado rogaba de aún concederle la vida bajo el argumento de que él era su hijo. El perro fue masacrado, silenciosamente y con decoro, pero masacrado de todos modos. ¿Acaso el argumento de que aquel animal era el hijo de alguien no bastaba? Acá se jugó una gran paradoja, una crasa contradicción: la priorización de la vida humana por la de los animales. Se supondría que este tipo de estrategias tendrían que tener como axioma, como principio el respeto de la vida por sobre todas las cosas. Y no sucede así. Lo que, al hablar de humanismos, se pone en juego no es tanto el respeto por la vida si no el respeto por el lenguaje. Pues, desde este punto de vista, lo único que diferencia a un ser humano de un animal es el hecho de que el ser humano tiene capacidad de hablar, de simbolizar, de dar un sentido a las cosas bajo la utilización de signos claros e inconfundibles. Esta capacidad, muy bien lo sabemos todos, fue gracia de obras maravillosas como también de catástrofes de proporciones infinitamente terribles. Priorizar el lenguaje no es priorizar al ser humano. Eso es tan sólo una causa abstracta: la abstracción de una abstracción. La eutanasia de un animal tendría que tener su correspondiente figura, que no quepa duda, con la legalización de la eutanasia en seres humanos. Pues los seres humanos, o al menos algunos, morirían agradecidos por haber sido bien asistidos en su último momento, sin dolor y en paz, sin tragedia ni pathos ni humillación. Los animales, los perros en este caso, tan sólo cuentan con una fulgurante pulsión de vida, la eutanasia de animales es un gran contrasentido: con los animales sólo se puede de hablar de asesinato. No juguemos y no nos embardunemos más con términos medios, dejemos de ser criaturas tan solemnemente tibias.

Y es que mi reciente descubrimiento por el activismo por los perros supuso una salida positiva a mi irremediable misantropía. Debo aclararlo: mi misantropía no abarca a todos y tan sólo supone a priori que todos los seres humanos son viles, desconfiables y portadores potenciales de todos los males; la experiencia me enseña que algunos, unos seres humanos cuantos, se salvan y se salvan por distancias inmesurables, lejos de aquellos que no. Aun así,  desear la subsistencia larga del ser humano, craso error en los deseos de la historia del universo, siempre me pareció un desatino. Desearía, más bien, una tierra poblada de vacas y gatos y perro y gansos y ruidosos chanchos: criaturas del ritmo perfecto y, sobre todo, criaturas libres de toda forma del Mal, del Mal que nos asfixia cada día al salir a las calles, cada vez que nos aventuramos a ir un poco más lejos de nuestro preciado círculos de afinidades afectivas, de aquellos a quienes amamos y queremos.


            Hace algunos años aún me atrevía a irritarme y a lanzar un garabato en voz baja cada vez que pisaba la deposición fecal de un perro en la calle. Hoy, al conocer la muerte (que aún tiene dignidad) de seres sumamente queridos pero también la muerte (desalmada y aceptada socialmente) de animales en los bordes de las calles, muertes causadas por seres humanos que más merecerían estar condenados a algún círculo del infierno de Dante, cada vez que ensucio mi zapato siento alegría, siento júbilo irreprimible. Por eso, cuando saco a pasear a mi Argos personal jamás recojo, en una bolsa la deposición fecal (ya cansado de tener que acudir a las bolsas de basura para depositar cadáveres de animales encontrados , gratuitamente en cada esquina de esta ciudad). Y mientras no se otorgue el lugar correspondiente en la ética, si no íntima de cada persona (que es una utopía imposible, con la redundancia necesaria), al menos en la ética del ciudadano, pienso ensuciar cada rincón de esta ciudad que nos mata cada día y mata a nuestros seres amados, a nuestros hermanos, amigos, esposas, madres, hijos, etc. Que nuestras calles se colmen de rebosantes montañas de heces fecales de perros gozosos y jubilosos, que esa montaña caiga sobre nuestra edificación social que con tanto orgullo nos hemos afanado en mantener y que logre que todo lo que consideramos correcto y normal colapse, que no haya más que un eterno hedor a perro mojado, a gato lamido, a oveja berreante y a chancho ruidoso. A veces, cuando pienso en lo extraño que es el ser humano, me abismo en una incertidumbre ruidosa, como la que nos enseñó Wittgenstein: de lo que no se sabe es mejor no hablar.

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