martes, 14 de octubre de 2014

ENSAYOS MUSICALES: Reivindicación de Ricardo Arjona

      El sentido no surge de la nada y esto muy bien lo demostraron los Padres de la Lingüística (basta mencionar tan sólo a Ferdinand de Saussure). Para que algo, lo que sea, sea revestido de sentido es necesario, sobre todo, que dicha cosa sea considerada a la luz de un pasado, de un contexto retrospectivo. El gusto que se puede sentir al escuchar música, el placer, el goce, está construido de esta misma manera. Evidentementeen la base siempre hay algo innato. En el caso de la música no hay que ir muy lejos para pensar que el placer por el ritmo es un placer inscrito en nuestra biología, resultado de un desarrollo de nuestra prehistoria personal, la historia de las metamorfosis del ser humano desde que existe como tal. Pero el gusto en su significación plena, la elección por esta melodía por sobre otra, por aquella forma de crear música por sobre otra, es un resultado de nuestra historia, de la invisible red de causas que, como un mar embravecido que pierde a una barcaza, nos conduce a ese momento especial en el que nos inclinamos y elegimos una canción por sobre todas las demás que existen. No hay nada bueno o malo por sí mismo más que por lo que pasa por nuestra mirada.

        Algún tiempo atrás sentí nostalgia y simpatía por Ricardo Arjona. Escuchando con inevitable desagrado los frutos y desviaciones de sus hijos bastardos, viendo el último video en el que, despojado de la falsa pretensión de crooner latinoamericano y esforzado, me estremeció una gran simpatía, sino empatía, por este vilipendiado cantante y compositor. Como acto necesario de bautismo para la fraternidad del buen escuchante, no fueron pocas veces en las que tuve malas y desagradables palabras en contra de Ricardo Arjona. Ahora que ya no pertenezco a ningún tipo de comunidad de gustos musicales o, en general, de gustos en la vida por lo que sea; ahora que, fruto del desencanto y del paso del tiempo que como una carga nos encorva la espalda, mis gustos más íntimos son inverosímilmente diseminados y elegidos con la concentración de un hilador fino; ahora pues, presiento las cosas de una manera diferente, no tanto desprejuiciada si no más libre. Sin duda, en contra de todas las fraternidades del buen gusto, ahora puedo afirmar sin temor y con vital convecimientoel valor inmenso de ciertos temas de grupos de disco cumbia bolivianos como Ronisch o Maroyu y también puedo rescatar el aporte inmenso a la historia del sonido de la guitarra del también vilipendiado por el esnobismo falso guitarrista de U2, más bien conocido como The Edge; además, entre mis cinco bajistas favoritos nunca dudaré en poner a Sir Paul McCartney. Por el otro lado, ahora puedo poner en su justo lugar el valor de ciertos músicos en extremo sobrestimados como Jim Morrison, Kurt Cobain y, por qué no, John Lennon.

      Más allá de mis gustos y posiciones personales, lo que ahora quisiera señalar, brevemente, es el papel que juega el tiempo, la rememoración y la nostalgia, al momento de abrazar o desechar cierta música. Sin duda lo hago bajo una paciente observación de muchas personas queridas que circulan en mi vida como satélites indispensables. Acá nadie es un férreo estructuralista, por más que algunos insistan en autoafirmarse como tales, y nadie gusta de cierta música por sobre otra por elementos propios a dicha canción, por la canción en sí misma. Eso, tal vez y paradójicamente, sobreviene con la vejez. Adorar una canción o una melodía en particular es una elección que no nace de la nada, de una suerte de intuición divina por lo Bueno contra lo Malo. En cada elección, en cada canción que está almacenada en nuestro reproductor de música, en nuestro estuche de CDs o en nuestros antiguos compilados en cassette, hay una historia y cada elección podría ser objeto de un fervoroso estudio arqueológico para detectar la correspondiente genealogía. Ejercicio vano sin duda, como todas las cosas que deberían importar.

       En mi caso, puedo dar algunos mojones, algunos puntos imprescindibles, tan sólo como ejemplo: el primer cassette que tuve en mi vida, a mis cinco años, compilado de cumbia chicha que disfrutaba con una explicable fruición; mucho después, el descubrimiento entre los vinilos de mi casa del rock: John Lennon, Charly García, Soda Estéreo(historia por demasiado predecibles); mi traslado a la ciudad a La Paz supuso entrar en contacto con músicas de orígenes totalmente incompatibles: desde el postpunk y minimal wave de los ochentas hasta el descubrimiento de la música indie; desde un paciente entrenamiento en la audición de la música noise hasta aprender a saborear con indecible fruición la obra de Chopin o la cumbia en sus diversos aspectos; y lo último, el encuentro definitivo en mi vida con Bob Dylan acompañado del descubrimiento del podcast “Radioactividad”. Y todo esto, cada uno de estos puntos de inflexión, siempre tuvo como común denominador el Afecto: el cassette de mi niñera, los vinilos de mi padrastro fallecido, las grandes amistades de la ciudad de La Paz y las conversaciones con Javier Rodríguez, con quien compartimos una férrea adoración por Dylan y quien lleva a cabo la labor prometeica de publicar semanalmente en línea un programa musical de noventa minutos.Y ahora, en este mismo momento, diseminado pero optimista, al borde de una esquizofrenia musical en la que ya no sé lo que es bueno ni lo malo pero radiante de felicidad, todo es incierto. Tan sólo la certeza de que Ricardo Arjona, ahora canoso y desgastado en las bambalinas de los videos musicales, retostado por el sol que devela, como lo sabe todo buen fotógrafo, las líneas que demarcan en su rostro la vejez y también, al igual que yo, un desencanto general, positivo y vital, pero desencanto de todos modos, podría decir algo de nuestro pasado, de mi pasado, de mí, y eso es bueno, sin duda que eso es algo demasiado bueno.

      Por eso, y no está demás decirlo acá y ahora, hay ciertas historias y narraciones que nunca dejarán de ser vigentes: por universales, por su trascendencia y el inminente impacto con las que nos golpean y nos dejan medio turulatos. Me refiero a la narración extraída de la Biblia sobre la huida de Lot de Sodoma y Gomorra. No hay que olvidar nunca lo que nos puede suceder si tenemos la necedad de mirar al pasado no con una voluntad proyectiva sino con una obstinación fetichista y obsesiva: nos convertimos en estatuas de sal, tal como le sucedió a la mujer de Lot. tal como de vez en cuando nos sucede a muchos de nosotros.

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