But
she said, "Don’t forget,
Everybody
must give something back
For something they get.
I stood there and hummed,
I tapped on her drum and asked
And she buttoned her boot,
And straightened her suit,
Then she said, "Don’t get cute."
So I forced my hands in my pocket
and felt with my thumbs,
And gallantly handed her
My very last piece of gum.
Bob Dylan
No me cabe duda, al
menos aún, de que uno de los momentos más maravillosos e imprescindibles en la
historia del rock no fue la tocada de Hendrix en Woodstock, ni el show de los
Beatles frente a la reina y mucho menos la llegada del punk que lo deshizo todo
para volver a definirlo. No. Se trata de un fragmento de la canción de Bob
Dylan (y no hablo de Like a Rolling Stone
con la que concuerdo con muchos críticos y músicos de ser la mejor y más
perfecta canción del rock) “4th time around”. En esta canción se narra (con la
escases que aún hoy en día sufrimos de canciones verdaderamente narrativas) el
encuentro “causal”, la noche que la voz cantante pasó con una cierta muchacha,
una noche de sexo casual pues. La mayor parte de la escena toma lugar al pie de
la puerta y llega a su climax en las primeras estrofas, cuando la muchacha le
reclama y dice “Todos deben dar a cambio algo por algo que recibieron” y Dylan,
o la voz cantante o lo que se quiera, le
lanza “con garbo” su último pedazo de chicle. La chica, evidentemente, como
todos lo haríamos, estalla en una crisis de llanto y gritos histéricos. Todos
somos histéricos en potencia y nunca lo olvidemos
En el otro extremo,
quiero recordar el tema de los Beatles, de John Lennon claramente, llamado
“Norwegian Wood” mi tema favorito de estos personajes. Poco me importan las
fechas, que quien fue primer que quien vino después. Eso se lo dejo a los
historiadores (a los que les tengo enorme respeto) y a los ociosos (a los que
no). Este tema tiene la misma situación de base. Lennon o la voz cantante está
de visita en el cuarto de una muchacha evidentemente con intenciones poco
noble: Lennon tan sólo quiere una noche de sexo con ella. El momento intenso
sucede cuando la muchacha le pide a Lennon dormir en algún lugar en la sala
pues su trabajo matutino reclama un sueño reparador y apropiado. Lennon dice:
“Le dije que no vine arrastrándome para dormir en la parte trasera”. A la
mañana siguiente, cuando Lennon despierta, se encuentra solo en la habitación y
decide prender la habitación en fuego con la ingeniosa línea “¿Acaso no es algo
bueno, la madera noruega?”.
Mi encuentro con los
Beatles fue temprano si no precoz. Con Dylan, sucedió de manera tristemente
tardía. Y, con el suficiente criterio, los contrastes entre ambos me resultaron
evidentes. Basta mencionar mi antigua devoción por Lennon al contar que en
secundaria siempre llevaba puesta una polera de manga corta negra con un
estampado del rostro de Lennon por delante y cinco balas en la parte trasera
con el título “Why?”. Y que cada 9 de diciembre (o la fecha en que Lennon fue
asesinado) por muchos años prendía velas y lloraba (al menos por dentro).
La canción “Norwegian
Wood” se encuentra en el disco de los Beatles “RubberSoul”. La de Dylan, en el
mítico “Blonde on Blonde”. La diferencia entre la publicación de ambos es de un
año. El vínculo acá no es gratuito. Según cierta historiografía superficial (la
de la colección de videos “Anthology” de los Beatles, la del chisme musical) el
encuentro entre los Beatles y Dylan habría sido fundamental para el viraje entre
ambos. El disco “Rubbersoul” sería el proyecto esforzado por ir más allá de
canciones con letras que oscilaban entre el enamoramiento adolescente y la
misoginia. Es decir, los Beatles y en especial John Lennon descubrió con Dylan
que podría escribir mejor, que otro mundo era posible y que, decenas de años
después lo comprobamos, nunca fue del todo accesible a él. Por el otro lado, se
dice que Dylan, maravillado por la guitarra eléctrica de doce cuerdas de George
Harrison decidión colgar la acústica y armarse de una implacable Statocaster,
abandonado sus supuestas raíces folk, raíces que el siempre se negó, abstemio a
hacerse parte de cualquier cofradía musical.
La actitud Dylan, el
ojo por ojo, el sexo por chicle, dice demasiado sobre él y sobre el rock, al
menos sobre cierto rock que vale la pena (ya cada cual sabrá poner a cada cual
en su respectivo casillero). Parafraseando a Joaquín Sabina: Dylan toca la
guitarra como la mierda, canta como la mierda, tiene una actitud de mierda…pero
es el mejor. Dylan, después de abandonar el folk abrazaría por unos años el
rock and roll salvaje, los ritmos frenéticos que llegarían a su clímax en la
gira Rolling Thunder Revue. Poco después, abandonaría también la chamarra de
cuero y la bandana (que antes que Axel Rose Dylan la usó con mucho garbo y sin
la falsa pretensión de Axel) para lanzar una gira que más bien parecía un circo
cristiano en el que entre tema y tema no se amedrentaba en predicar por media
hora a favor de la Verdad de Jesús. Y luego, pues luego hizo algunos films,
unos discos imprescindibles y ahí lo tenemos, indefinible y cálido.
Ante el sufrimiento
de los demás, ante la impotencia por la estupidez humana, ante un inevitable
desencanto por la sociedad en la que vivimos, siempre recuerdo este fabuloso
momento. El día del juicio final, cuando se me reprochen por todos mis
derroches y crueldades, por todas mis bondades y prodigalidades, aceptaré sin
rechistar mi inevitable sino como buen epicúreo que soy. Pero no sin antes
hurgar entre mis bolsillos y, como una forma de agradecimiento a la vez
magnánimo pero altamente elocuente, entregaré mi última pieza de chicle a
quien corresponda, a quien me pida algo a cambio, al menos así lo haría si
alguien me pediría algo a cambio.Si no, no. Y tal vez entonces me reconcilié,
allá-dónde-sea, con el torpe de John Lennon que siempre se murió de
celos de Dylan y que, allá-dónde-sea, no hace más que pedir la copa rota,
aturdido y abrumado, por la gula de los celos.

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