martes, 2 de diciembre de 2014

ENSAYOS EPICÚREOS: Del gourmand Savarín al chef Michelín: sobre gastronomía y el culto a la personalidad

El amigo: Los gastrónomos os leerán dado que tú les rindes justicia 
y les otorgas el lugar que les corresponde en la sociedad
El autor: Por esta vez, dices algo cierto: es inconcebible que ellos hayan sido por tanto tiempo ignorados, 
¡estos apreciados gastrónomos! Yo tengo por ellos un amor paternal. 
¡Ellos son tan gentiles y sus ojos son tan brillantes!
Jean Anthelme Brillat-Savarin. Fisiología del gusto (1825)
    Mientras nos dirigíamos al hotel donde se llevaría a cabo cierto foro de gastronomía, hotel propiedad de un acaudalado cementero boliviano, mi esposa y yo debatíamos sobre una reciente polémica menor sucedida en cierta red social virtual, específicamente, en ese terreno propio a llevarse a cabo estas banalidades: los foros de comentarios virtuales, que no son más que el hijo esperpéntico de la democracia en el que todos tienen voz: la actualización de lo que antes habría sido sólo una idea abstracta: la chusmería. La polémica discurrió  por ciertos chauvinismos exaltados pasando por defensas de la propiedad autoral del folklore originario para llegar a los insultos y demás vulgaridades del género del estilo bajo. La polémica como tal en verdad surgió porque uno de los participantes, el verdadero ofendido y punto de todos los ataques, un talentoso chef de nacionalidad peruana empleado en uno de los restaurantes más prestigiosos en Bolivia, cometió el error común a todo ser humano dado a los impulsos que no ha leído a Epicuro y entregado al impulso desmedido de la ira, hizo públicas ciertas ideas que no podrían menos que resultar ofensivas al pueblo boliviano, sea lo que sea que es un “pueblo boliviano”.
    Ahora bien, volviendo al asunto del foro gastronómico. Hubo conferencias y hubo un concurso en el que, por puro arbitrio y necesidad de los chefs que habrían organizado dicho evento, se mezcló la categoría junior con la senior; de otro modo, mi esposa habría salido ganadora imbatible porque es la mejor.
    Sobre las conferencias quisiera dar un gran salto y narrar las últimas dos, aquellas que cerraron de manera magistral el evento. La primera sufrió un retraso de más de una hora; los asistentes, en todo caso, fueron los que sufrieron dicho retraso. El motivo: la falta de ciertos insumos exigidos por el chef en cuestión, de ciertas condiciones sin las cuales él no estaba preparado a salir en escena (se trata de un reconocido chef boliviano que se abrió paso hacia el éxito gastronómico pagando su educación en esta área como payasito). Por eso no fue gran sorpresa que el público fue testigo de una bizarra puesta en escena: tres sujetos, enmascarados al estilo del comandante Marcos, entonaban unos raps disonantes mientras repartían eufóricamente algunos productos culinarios puestos a degustación de los participantes. Dicha introducción  duró tres canciones tras las cuales el mentado justificó su estridencia con un discurso que hoy es pan de cada día sobre los estratos sociales, el nuevo andinismo, la pobreza y la cocina gourmet. Por mí parte, lo único relevante que me quedó fue lo siguiente: helado de carachi y el efecto sorpresa de esconder al comensal los ingredientes para luego sorprenderlo, una suerte de terapia de shock aplicada al arte de comer. A continuación, el evento fue clausurado con una cuarta canción de rap y un nuevo ágape comunitario y, obviamente, estridente. Todo esto sucedió a vista de todos. De manera lateral, al chef de tres estrellas Michelin, italiano, exquisito y soberbio, empezaba a subirle los flujos de ira que, tras haber advertido y pedido al chef boliviano que acortara su histriónica presentación, llegó a explotar en una furiosa indignación, en un simulacro de retirada digna de divas como Marlene Dietrich, Marilyn Monroe o Verónica Kloss. Los insultos a los organizadores no fueron escasos. Pero todo se enfrío y la conferencia magistral del chef Michelin, como el muy gustosamente y tal vez irónicamente supo autobautizarse, fue un verdadero placer para el ojo gourmet y para todo amante de la formalidad, como su merced que ahora escribe. Entre bromas de desprecio muy disimuladas ante su camarada andinista, el chef Michelin demostró sus artes al modo de los grandes magos ilusionistas: no faltó el momento de la levitación de un plato a todas luces delicioso.  Dejando de lado las negligencias respecto al concurso (insumos robados y sabotajes entre los participantes, uno que otro apagón de la electricidad, por dar ejemplos comunes a estos casos) uno no podía haberse ido desilusionado por haber pagado por un gran espectáculo.
    No voy a hablar sobre comida ni me interesa dar nombres y apellidos. Sin embargo, tengo el antojo de dejar sueltas algunas palabras respecto al arte de cocinar y su estado actual. Ya desde hace varios años que la figura del chef (“jefe” en francés) ha ido cobrando en la mirada pública una nueva imagen. El chef es hoy en día la nueva estrella de rock, personaje sometido a la vista pública que puede, porque las estrellas de rock lo pueden, demoler hoteles, quebrar los dedos de sus ayudantes y otras extravagancias socialmente permitidas. Antes debo dejar en claro que en un sentido moral, no tengo nada en contra de la soberbia y el solipsismo, al menos mientras no me llegue de manera directa con astillas de por medio; la soberbia, el esnobismo, no puedo dejar de decirlo, son grandes virtudes mientras sean llevadas a cabo bajo un fino cálculo y, sobre todo, con estilo. Y sin embargo…
    El símil del chef con la estrella de rock no resulta algo para nada arbitrario. En ambos casos, el producto final (la música, la comida) está estrechamente ligado al estímulo de los sentidos. En ambos casos, hoy en día, es necesario dar muestra de una gran personalidad: estridencia, ira, frivolidad  y elegancia. Y esto, como lo he dicho antes, no tiene nada de malo. Los chefs destacados al igual que los músicos del rock deben brillar sin vergüenza dada su condición: estrellas, luminarias. Ahora quisiera pensar más bien dónde se dividen ambos oficios. El músico, hoy y siempre, ha figurado en la imagen pública como una suerte de criatura que goza de un privilegio especial, de una licencia poética vital para su extravagancia. Por el contrario, cuando hablamos de chef no siempre estamos hablando de un gastrónomo, de un gourmand. El músico no debe dar muestra de un estilo de vida en especial: puede ser obeso, toxicómano, racista, etc. El gastrónomo, en cambio, no sólo tendría que saber preparar un buen plato si no, más bien, cultivar con sabiduría el arte del buen comer. De esos, de los gastrónomos, poco sabemos porque ellos saben mantenerse al margen de las luminarias y de la grasa de las capitales. Por el otro lado, dada la aceleración frenética de cualquier profesión, el chef tiene que hacer gala de dicho nombre con el debido rigor. Los chefs de hoy en día, más allá de que sean o no gastrónomos en todo el sentido de la palabra, deben mudar la reflexión por el arte de la comida para economizar el tiempo a la reflexión por la debida administración de una cocina. Si el plato no está listo a tiempo, el cliente no paga y eso lo resume todo. La sociedad de hoy en día nos fuerza a tomar ejemplo de Prometeo y sostener más peso sobre nuestras espaldas del que correspondería a nuestra verdadera condición. Sobre esto muy bien lo saben las salas de espera de los psiquiatras y las empresas farmacéuticas.
    Pero el ser humano, inconscientemente al menos, es sabio. Ante la exigencia del ritmo del profesional de la comida, se ha creado un contrapeso para balancear la situación. La sobre estimación de la imagen del chef. Me parece que hoy en día la idea de que el chef es un tirano déspota y que eso está bien está extendida y asimilada por todos. Acá, otra vez como en cada paso que vemos, podemos ver el trabajo de los tentáculos de la ideología. Esta idea recibe un condicionamiento positivo y acreditación masiva, sobre todo, a través de los programas llamados “Reality shows”. En ellos observamos ya no ficciones sino arrebatadoras realidades (como si la realidad fuera una sola y pudiera ser capturada por siempre por una cámara, como lo hacían los cazafantasmas en su dispositivo aspirador, como lo hacían los cazadores de pokemones en sus pokebolas). Y a fuerza de contemplar estos programas hemos empezado a gozar el espectáculo de la humillación ajena y a admirar al chef violento y grosero. Y para nosotros eso está bien y con ello vivimos y así se nos va la vida.
    Quise reservarme el desenlace del suceso del chef peruano con el que habría introducido este ensayo para el último momento. Dos días después de dicho suceso se anunció, a pesar de que dicho chef se disculpó por su comportamiento de manera pública, su inminente despido. Y qué gran sorpresa dado que el propietario de dicho restaurant es el mismo cementero del hotel que antes habría mencionado. A nadie que aspire el poder a largo le conviene manchar su historial y su buena conducta por culpa del exabrupto de un cualquiera cuyo único mérito en la vida es conocer el arte de la buena cocina.
    Jean Anthelme Brillat-Savarin publico el primer tratado sobre la gastronomía. Savarín fue sin duda un ejemplar precusor de las enseñanzas de Epicuro, sabio y gozoso, comprendiendo que toda reflexión y hacer en torno a la comida tiene que partir por una debida fisiología del gusto y no por otro camino desviado o torcido. Me resultaría muy grato poder concluir este breve comentario respecto a la gastronomía hoy en día con un par de aforismos de Epicuro elegidos al azar de la traducción hecha por José Vara:

                  “Reviento de satisfacción en mi cuerpecillo cuando consumo agua y pan, y detesto los placeres lujosos, no por los propios placeres, sino por los dolores que por esa razón les siguen.”

"Jamás pretendí agradar al vulgo. Pues lo que a él le agradaba no lo aprendí yo, y, por contra, lo que sabía yo estaba lejos de su comprensión.”

viernes, 24 de octubre de 2014

ENSAYOS MUSICALES: Charly García debe morir




Charly García debe morir


Kill my mother

Kill my refrigerator

But don’t kill me

Charly García




1) En la base de mi educación sentimental se encuentra, entre unos pocos, Charly García y con él toda la fauna de música que ha constituido y que aun constituye su hábitat. 2) Yo también, en ingenua utopía, tuve una banda y en esa banda, con felicidad e inocencia, interpreté covers de esta especie musical de por sí, muy llamativo y sugestivo. 3) Concuerdo con la opinión de cierto crítico musical boliviano en cuanto a que lo único relevante producido por el rock argentino, al menos al nivel de la historiografía del rock a grandes rasgos tal como ahora lo conocemos, fue el disco de Pescado Rabioso “Artaud” (1973). 4) Considero válida toda forma de parricidio. 5) Exceptuando algunas luminarias que brillan por su propia luz, el rock producido en Bolivia ha sufrido siempre de una fulgurante anemia y de un implícito diagnóstico y esperanza de desahucio. 6) En la pequeña y patética historia del rock en Bolivia la influencia del rock argentino ha sido nefasta (al igual que pero tal vez en mayor grado que las alas de alta pretensión del jazz traducido a la retórica del rock). 6) En Bolivia las bandas que hacen tributo al rock que llega de Argentina (o de cualquier parte, que todo esto sea comprendido con mente más amplia) son una plaga, al igual que lo fue la peste negra en la Europa medieval y al igual que ahora lo son los poetas en Chile. 7) El atardecer de este tiempo oscuro es inminente, aunque aún en funambulescas ‘veladas culturales’ se oigan como cantos funerarios los acordes de “Rasguña las piedras” o “Confesiones de Invierno”. 8) El invierno se acerca y la noche es oscura y plena en terrores. 9) Charly García debe morir.

viernes, 17 de octubre de 2014

ENSAYOS MUSICALES: La prisión del lenguaje, la canción y un oasis

¿Ground control to major Tom?
Ziggy Stardust, Space Oddity


Desde que tengo memoria, desde que fui capaz de formular algunas ideas propias, no necesariamente originales, siempre me sobreveló una cierta sensación de irrealidad: sensación que siempre tuvo más que ver con la búsqueda por la conversación perfecta, por esa frustración de decir algo y escuchar de vuelta algo totalmente diferente. Aunque parezca un ejemplo grotesco y torpe, en alguna ocasión, afectado por el efecto del alcohol, imaginé la bizarra situación en la que, al observar el color del orín del hombre que también está en el baño conmigo, note que se trata de un color morado y, de ahí en adelante, comprobar certeramente que todos los hombres orinan de un color que a mis ojos se ve morado y no amarillo o transparente como veo el mío. La paranoia por esta situación tiene que ver con un terror por lo diferente, por aquello que no soy yo y que nunca comprenderé y de lo que nunca formaré parte. Es el temor a la soledad absoluta, que te golpea como un rayo espontáneo en una tormenta, un rayo que te elige a ti con toda la arbitrariedad y violencia eléctrica que puede tener un rayo. Tengo una breve intuición de que este temor es universal y, que es más, que el miedo, el Gran Miedo es lo que nos impulsa a todos a hacer todo lo que hacemos.
Y desde que tengo memoria, falaz y frágil memoria, mis ambiciones han cambiado. Mi infancia y adolescencia fue marcada por la fascinación por las grandes ideas, por la búsqueda de grandes verdades, tan grandes que ya no tenga nada más que hacer que regocijarme en ellas. Ahora, al igual que Kafka en sus aforismos, me sorprendo por el hecho de que alguna vez pude tener algo así como una pregunta sobre la vida. La post-adolescencia me condenó a un imperdonable desencanto y frenesí autodestructivo por la búsqueda de la vida soberana, esa que con tanta indolencia Georges Bataille predico en muchas partes de su obra. Ahora, hoy en día, tan sólo  me interesan las pequeñas ideas: pequeñísimas como hormigas, que tienen una vida mínima, microscópica y que no dañan a nadie, que no hace nada más que ser ideas pequeñas, humildes y hermosas Más allá de mi inconfesable soberbia debo confesar que ahora, hoy en día, de manera paralela a esta fascinación por las ideas mínimas, también he empezado a empezar a sentir una franca repugnancia, si no recelo, de toda forma de expresión suntuosa: en pocas palabras, toda expresión cargada de altas pretensiones me causa una desagradable alergia en la piel, en mis membranas auditivas y en mi nervio óptico.  Estoy hablando ahora claramente sobre la música, sobre la literatura, sobre el cine.
Por todo esto, no puedo más que dejar de sentir, primero, una adoración intransigente por la ficción en todas sus formas. Al igual que Aristóteles, traducido a un español contemporáneo, afirmo que siempre preferiré contemplar lo imposible pero potencialmente verosímil que lo posible, real y actualmente maravilloso. Luego, en la música, las pequeñas ideas que me encantan, el lugar privilegiado donde se crían los preciosos homúnculos musicales que nacen y mueren por unos minutos es el formato de la canción. Había empezado mencionando mi sospecha por la comunicación perfecta, por el intercambio de signos perfectos que con el paso de tiempo es más que una certeza. El ámbito de los afectos, aquel en el que no es necesario hablar ni explicar nada ni reclamar ni argumentar ni culpar, aquel que nos sobrevivo y nos ayuda a sobrevivir, ese es un ámbito que por su propia condición es inefable. Pero el de la canción, de ese sí puedo decir algunas palabras. ¿Acaso se me puede condenar por el hecho de que la muerte de Lou Reed me causó muchos más estragos emocionales que la muerte de mi abuelo o de mi abuela? Así fue y debo decirlo, duela a quien duela, pues detrás de esta situación algo se está moviendo. Pensar que Lou Reed sabe o supo algo de mí ya sería un serio síntoma de una galopante psicosis. No es así. La canción (al igual que la narración ficcional, considero) es el ámbito perfecto del intercambio equilibrado entre los afectos y los signos del lenguaje. La condición primordial: el silencio. El silencio de un interlocutor y la apertura total del otro. La canción es la metáfora máxima de la amistad tal cual Barthes la habría concebido: el espacio de máxima resonancia en la comunicación. ¿Es que será alguna suerte de patología el hecho de haberme vuelto irremisiblemente dependiente de la ficción y de la música, casi como lo es el heroínamo de su dosis regular? Pienso que no. A veces, observando a los que me rodean, en mi casa, en el bus, frente a mi espejo, abstraídos por una inapelable e urgente  necesidad de estar en contacto maniático (como si fuera cosa de vida o muerte), en las así llamadas redes sociales, con todos pero a la vez con nadie, fatal paradoja, pienso que la necesidad por la perfecta comunicación tiene que ver con alguna especie de fractura innata en nuestra alma, en nuestro espíritu o como se quiera, que nos lleva incansablemente a buscar una y otra forma de decir algo, de hacer algo, pues siempre algo hay que decir, algo hay que hacerse y hay que decirlo y hacerlo con temerosa y valerosa convicción, sea lo que sea. Y como deportistas, así venceremos, adelante pues.

Jacques Lacan ya habría anunciado, en sus crípticos y esperpénticos modos, la imposibilidad de una relación plena con el otro, imposibilidad producida por el muro que nos separa construido, ladrillo a ladrillo, por nuestro lenguaje, por nuestras palabras, por todo lo que decimos y por todo lo que queremos decir cuando decimos. De todos modos, tampoco hay que caer en la queja ni en el patético plañido Ni todo estás perdido y el mundo puede ser algo maravilloso. Recordando a Charly García, al igual que él pienso que todo lo que necesito para ser feliz (en caso de tener que ser aislado en una isla desierta) es una mujer a quien amar, un sándwich y una guitarra; y claro, un lector digital que, como la biblioteca de Babel, nunca permita que mi pulsión por el silencio haga crack, que las ficciones abunden, que ficcionen mientras la realidad realiza, que esa canción del carajo nunca deje de sonar y retumbar como un fantasma lirico y repetitivo en nuestras membranas oculares. Que ande pues yo siempre caliente y ríase la gente. 

Perro que ladra no muerde: apología por los animales

Cuando Ulises, en La Odisea de Homero,  llegó a Ítaca disfrazado de anciano nadie lo reconoció, ni siquiera su esposa que con tanto fervor y llanto anhelaba su regreso, ni siquiera su hijo que construía sus fantasías marítimas de cada noche pensando en él. Nadie excepto Argos, el viejo perro que lo esperó hasta dar su definitivo estertor. En contra de toda apariencia, de todo prejuicio, Argos supo inmediatamente reconocer a Ulises; entonces pudo morir en paz. No puedo dejar de sentirme conmovido por esta figura. Me sucede igual cada tanto, con mi propio Argos,  cada vez que colapso en silencio al modo que Wittgenstein enseñó: de lo que no sabe es mejor no hablar.

            Hace unos días hubo un caso muy promovido en los periódicos. El caso de un perro contagiado del virus de Ébola a quién el hombre que lo había criado rogaba de aún concederle la vida bajo el argumento de que él era su hijo. El perro fue masacrado, silenciosamente y con decoro, pero masacrado de todos modos. ¿Acaso el argumento de que aquel animal era el hijo de alguien no bastaba? Acá se jugó una gran paradoja, una crasa contradicción: la priorización de la vida humana por la de los animales. Se supondría que este tipo de estrategias tendrían que tener como axioma, como principio el respeto de la vida por sobre todas las cosas. Y no sucede así. Lo que, al hablar de humanismos, se pone en juego no es tanto el respeto por la vida si no el respeto por el lenguaje. Pues, desde este punto de vista, lo único que diferencia a un ser humano de un animal es el hecho de que el ser humano tiene capacidad de hablar, de simbolizar, de dar un sentido a las cosas bajo la utilización de signos claros e inconfundibles. Esta capacidad, muy bien lo sabemos todos, fue gracia de obras maravillosas como también de catástrofes de proporciones infinitamente terribles. Priorizar el lenguaje no es priorizar al ser humano. Eso es tan sólo una causa abstracta: la abstracción de una abstracción. La eutanasia de un animal tendría que tener su correspondiente figura, que no quepa duda, con la legalización de la eutanasia en seres humanos. Pues los seres humanos, o al menos algunos, morirían agradecidos por haber sido bien asistidos en su último momento, sin dolor y en paz, sin tragedia ni pathos ni humillación. Los animales, los perros en este caso, tan sólo cuentan con una fulgurante pulsión de vida, la eutanasia de animales es un gran contrasentido: con los animales sólo se puede de hablar de asesinato. No juguemos y no nos embardunemos más con términos medios, dejemos de ser criaturas tan solemnemente tibias.

Y es que mi reciente descubrimiento por el activismo por los perros supuso una salida positiva a mi irremediable misantropía. Debo aclararlo: mi misantropía no abarca a todos y tan sólo supone a priori que todos los seres humanos son viles, desconfiables y portadores potenciales de todos los males; la experiencia me enseña que algunos, unos seres humanos cuantos, se salvan y se salvan por distancias inmesurables, lejos de aquellos que no. Aun así,  desear la subsistencia larga del ser humano, craso error en los deseos de la historia del universo, siempre me pareció un desatino. Desearía, más bien, una tierra poblada de vacas y gatos y perro y gansos y ruidosos chanchos: criaturas del ritmo perfecto y, sobre todo, criaturas libres de toda forma del Mal, del Mal que nos asfixia cada día al salir a las calles, cada vez que nos aventuramos a ir un poco más lejos de nuestro preciado círculos de afinidades afectivas, de aquellos a quienes amamos y queremos.


            Hace algunos años aún me atrevía a irritarme y a lanzar un garabato en voz baja cada vez que pisaba la deposición fecal de un perro en la calle. Hoy, al conocer la muerte (que aún tiene dignidad) de seres sumamente queridos pero también la muerte (desalmada y aceptada socialmente) de animales en los bordes de las calles, muertes causadas por seres humanos que más merecerían estar condenados a algún círculo del infierno de Dante, cada vez que ensucio mi zapato siento alegría, siento júbilo irreprimible. Por eso, cuando saco a pasear a mi Argos personal jamás recojo, en una bolsa la deposición fecal (ya cansado de tener que acudir a las bolsas de basura para depositar cadáveres de animales encontrados , gratuitamente en cada esquina de esta ciudad). Y mientras no se otorgue el lugar correspondiente en la ética, si no íntima de cada persona (que es una utopía imposible, con la redundancia necesaria), al menos en la ética del ciudadano, pienso ensuciar cada rincón de esta ciudad que nos mata cada día y mata a nuestros seres amados, a nuestros hermanos, amigos, esposas, madres, hijos, etc. Que nuestras calles se colmen de rebosantes montañas de heces fecales de perros gozosos y jubilosos, que esa montaña caiga sobre nuestra edificación social que con tanto orgullo nos hemos afanado en mantener y que logre que todo lo que consideramos correcto y normal colapse, que no haya más que un eterno hedor a perro mojado, a gato lamido, a oveja berreante y a chancho ruidoso. A veces, cuando pienso en lo extraño que es el ser humano, me abismo en una incertidumbre ruidosa, como la que nos enseñó Wittgenstein: de lo que no se sabe es mejor no hablar.

miércoles, 15 de octubre de 2014

ENSAYOS MUSICALES: Mi último pedazo de chicle



 

But she said, "Don’t forget,

Everybody must give something back

For something they get.

I stood there and hummed,

I tapped on her drum and asked

And she buttoned her boot,

And straightened her suit,

Then she said, "Don’t get cute."

So I forced my hands in my pocket

and felt with my thumbs,

And gallantly handed her

My very last piece of gum.

Bob Dylan



No me cabe duda, al menos aún, de que uno de los momentos más maravillosos e imprescindibles en la historia del rock no fue la tocada de Hendrix en Woodstock, ni el show de los Beatles frente a la reina y mucho menos la llegada del punk que lo deshizo todo para volver a definirlo. No. Se trata de un fragmento de la canción de Bob Dylan (y no hablo de Like a Rolling Stone con la que concuerdo con muchos críticos y músicos de ser la mejor y más perfecta canción del rock) “4th time around”. En esta canción se narra (con la escases que aún hoy en día sufrimos de canciones verdaderamente narrativas) el encuentro “causal”, la noche que la voz cantante pasó con una cierta muchacha, una noche de sexo casual pues. La mayor parte de la escena toma lugar al pie de la puerta y llega a su climax en las primeras estrofas, cuando la muchacha le reclama y dice “Todos deben dar a cambio algo por algo que recibieron” y Dylan, o la voz cantante o  lo que se quiera, le lanza “con garbo” su último pedazo de chicle. La chica, evidentemente, como todos lo haríamos, estalla en una crisis de llanto y gritos histéricos. Todos somos histéricos en potencia y nunca lo olvidemos


En el otro extremo, quiero recordar el tema de los Beatles, de John Lennon claramente, llamado “Norwegian Wood” mi tema favorito de estos personajes. Poco me importan las fechas, que quien fue primer que quien vino después. Eso se lo dejo a los historiadores (a los que les tengo enorme respeto) y a los ociosos (a los que no). Este tema tiene la misma situación de base. Lennon o la voz cantante está de visita en el cuarto de una muchacha evidentemente con intenciones poco noble: Lennon tan sólo quiere una noche de sexo con ella. El momento intenso sucede cuando la muchacha le pide a Lennon dormir en algún lugar en la sala pues su trabajo matutino reclama un sueño reparador y apropiado. Lennon dice: “Le dije que no vine arrastrándome para dormir en la parte trasera”. A la mañana siguiente, cuando Lennon despierta, se encuentra solo en la habitación y decide prender la habitación en fuego con la ingeniosa línea “¿Acaso no es algo bueno, la madera noruega?”. 


Mi encuentro con los Beatles fue temprano si no precoz. Con Dylan, sucedió de manera tristemente tardía. Y, con el suficiente criterio, los contrastes entre ambos me resultaron evidentes. Basta mencionar mi antigua devoción por Lennon al contar que en secundaria siempre llevaba puesta una polera de manga corta negra con un estampado del rostro de Lennon por delante y cinco balas en la parte trasera con el título “Why?”. Y que cada 9 de diciembre (o la fecha en que Lennon fue asesinado) por muchos años prendía velas y lloraba (al menos por dentro). 


La canción “Norwegian Wood” se encuentra en el disco de los Beatles “RubberSoul”. La de Dylan, en el mítico “Blonde on Blonde”. La diferencia entre la publicación de ambos es de un año. El vínculo acá no es gratuito. Según cierta historiografía superficial (la de la colección de videos “Anthology” de los Beatles, la del chisme musical) el encuentro entre los Beatles y Dylan habría sido fundamental para el viraje entre ambos. El disco “Rubbersoul” sería el proyecto esforzado por ir más allá de canciones con letras que oscilaban entre el enamoramiento adolescente y la misoginia. Es decir, los Beatles y en especial John Lennon descubrió con Dylan que podría escribir mejor, que otro mundo era posible y que, decenas de años después lo comprobamos, nunca fue del todo accesible a él. Por el otro lado, se dice que Dylan, maravillado por la guitarra eléctrica de doce cuerdas de George Harrison decidión colgar la acústica y armarse de una implacable Statocaster, abandonado sus supuestas raíces folk, raíces que el siempre se negó, abstemio a hacerse parte de cualquier cofradía musical. 


La actitud Dylan, el ojo por ojo, el sexo por chicle, dice demasiado sobre él y sobre el rock, al menos sobre cierto rock que vale la pena (ya cada cual sabrá poner a cada cual en su respectivo casillero). Parafraseando a Joaquín Sabina: Dylan toca la guitarra como la mierda, canta como la mierda, tiene una actitud de mierda…pero es el mejor. Dylan, después de abandonar el folk abrazaría por unos años el rock and roll salvaje, los ritmos frenéticos que llegarían a su clímax en la gira Rolling Thunder Revue. Poco después, abandonaría también la chamarra de cuero y la bandana (que antes que Axel Rose Dylan la usó con mucho garbo y sin la falsa pretensión de Axel) para lanzar una gira que más bien parecía un circo cristiano en el que entre tema y tema no se amedrentaba en predicar por media hora a favor de la Verdad de Jesús. Y luego, pues luego hizo algunos films, unos discos imprescindibles y ahí lo tenemos, indefinible y cálido. 


Ante el sufrimiento de los demás, ante la impotencia por la estupidez humana, ante un inevitable desencanto por la sociedad en la que vivimos, siempre recuerdo este fabuloso momento. El día del juicio final, cuando se me reprochen por todos mis derroches y crueldades, por todas mis bondades y prodigalidades, aceptaré sin rechistar mi inevitable sino como buen epicúreo que soy. Pero no sin antes hurgar entre mis bolsillos y, como una forma de agradecimiento a la vez magnánimo pero altamente elocuente, entregaré mi última pieza de chicle a quien corresponda, a quien me pida algo a cambio, al menos así lo haría si alguien me pediría  algo a cambio.Si no, no. Y tal vez entonces me reconcilié, allá-dónde-sea, con el torpe de John Lennon que siempre se murió de celos de Dylan y que, allá-dónde-sea, no hace más que pedir la copa rota, aturdido y abrumado, por la gula de los celos.

martes, 14 de octubre de 2014

ENSAYOS MUSICALES: Reivindicación de Ricardo Arjona

      El sentido no surge de la nada y esto muy bien lo demostraron los Padres de la Lingüística (basta mencionar tan sólo a Ferdinand de Saussure). Para que algo, lo que sea, sea revestido de sentido es necesario, sobre todo, que dicha cosa sea considerada a la luz de un pasado, de un contexto retrospectivo. El gusto que se puede sentir al escuchar música, el placer, el goce, está construido de esta misma manera. Evidentementeen la base siempre hay algo innato. En el caso de la música no hay que ir muy lejos para pensar que el placer por el ritmo es un placer inscrito en nuestra biología, resultado de un desarrollo de nuestra prehistoria personal, la historia de las metamorfosis del ser humano desde que existe como tal. Pero el gusto en su significación plena, la elección por esta melodía por sobre otra, por aquella forma de crear música por sobre otra, es un resultado de nuestra historia, de la invisible red de causas que, como un mar embravecido que pierde a una barcaza, nos conduce a ese momento especial en el que nos inclinamos y elegimos una canción por sobre todas las demás que existen. No hay nada bueno o malo por sí mismo más que por lo que pasa por nuestra mirada.

        Algún tiempo atrás sentí nostalgia y simpatía por Ricardo Arjona. Escuchando con inevitable desagrado los frutos y desviaciones de sus hijos bastardos, viendo el último video en el que, despojado de la falsa pretensión de crooner latinoamericano y esforzado, me estremeció una gran simpatía, sino empatía, por este vilipendiado cantante y compositor. Como acto necesario de bautismo para la fraternidad del buen escuchante, no fueron pocas veces en las que tuve malas y desagradables palabras en contra de Ricardo Arjona. Ahora que ya no pertenezco a ningún tipo de comunidad de gustos musicales o, en general, de gustos en la vida por lo que sea; ahora que, fruto del desencanto y del paso del tiempo que como una carga nos encorva la espalda, mis gustos más íntimos son inverosímilmente diseminados y elegidos con la concentración de un hilador fino; ahora pues, presiento las cosas de una manera diferente, no tanto desprejuiciada si no más libre. Sin duda, en contra de todas las fraternidades del buen gusto, ahora puedo afirmar sin temor y con vital convecimientoel valor inmenso de ciertos temas de grupos de disco cumbia bolivianos como Ronisch o Maroyu y también puedo rescatar el aporte inmenso a la historia del sonido de la guitarra del también vilipendiado por el esnobismo falso guitarrista de U2, más bien conocido como The Edge; además, entre mis cinco bajistas favoritos nunca dudaré en poner a Sir Paul McCartney. Por el otro lado, ahora puedo poner en su justo lugar el valor de ciertos músicos en extremo sobrestimados como Jim Morrison, Kurt Cobain y, por qué no, John Lennon.

      Más allá de mis gustos y posiciones personales, lo que ahora quisiera señalar, brevemente, es el papel que juega el tiempo, la rememoración y la nostalgia, al momento de abrazar o desechar cierta música. Sin duda lo hago bajo una paciente observación de muchas personas queridas que circulan en mi vida como satélites indispensables. Acá nadie es un férreo estructuralista, por más que algunos insistan en autoafirmarse como tales, y nadie gusta de cierta música por sobre otra por elementos propios a dicha canción, por la canción en sí misma. Eso, tal vez y paradójicamente, sobreviene con la vejez. Adorar una canción o una melodía en particular es una elección que no nace de la nada, de una suerte de intuición divina por lo Bueno contra lo Malo. En cada elección, en cada canción que está almacenada en nuestro reproductor de música, en nuestro estuche de CDs o en nuestros antiguos compilados en cassette, hay una historia y cada elección podría ser objeto de un fervoroso estudio arqueológico para detectar la correspondiente genealogía. Ejercicio vano sin duda, como todas las cosas que deberían importar.

       En mi caso, puedo dar algunos mojones, algunos puntos imprescindibles, tan sólo como ejemplo: el primer cassette que tuve en mi vida, a mis cinco años, compilado de cumbia chicha que disfrutaba con una explicable fruición; mucho después, el descubrimiento entre los vinilos de mi casa del rock: John Lennon, Charly García, Soda Estéreo(historia por demasiado predecibles); mi traslado a la ciudad a La Paz supuso entrar en contacto con músicas de orígenes totalmente incompatibles: desde el postpunk y minimal wave de los ochentas hasta el descubrimiento de la música indie; desde un paciente entrenamiento en la audición de la música noise hasta aprender a saborear con indecible fruición la obra de Chopin o la cumbia en sus diversos aspectos; y lo último, el encuentro definitivo en mi vida con Bob Dylan acompañado del descubrimiento del podcast “Radioactividad”. Y todo esto, cada uno de estos puntos de inflexión, siempre tuvo como común denominador el Afecto: el cassette de mi niñera, los vinilos de mi padrastro fallecido, las grandes amistades de la ciudad de La Paz y las conversaciones con Javier Rodríguez, con quien compartimos una férrea adoración por Dylan y quien lleva a cabo la labor prometeica de publicar semanalmente en línea un programa musical de noventa minutos.Y ahora, en este mismo momento, diseminado pero optimista, al borde de una esquizofrenia musical en la que ya no sé lo que es bueno ni lo malo pero radiante de felicidad, todo es incierto. Tan sólo la certeza de que Ricardo Arjona, ahora canoso y desgastado en las bambalinas de los videos musicales, retostado por el sol que devela, como lo sabe todo buen fotógrafo, las líneas que demarcan en su rostro la vejez y también, al igual que yo, un desencanto general, positivo y vital, pero desencanto de todos modos, podría decir algo de nuestro pasado, de mi pasado, de mí, y eso es bueno, sin duda que eso es algo demasiado bueno.

      Por eso, y no está demás decirlo acá y ahora, hay ciertas historias y narraciones que nunca dejarán de ser vigentes: por universales, por su trascendencia y el inminente impacto con las que nos golpean y nos dejan medio turulatos. Me refiero a la narración extraída de la Biblia sobre la huida de Lot de Sodoma y Gomorra. No hay que olvidar nunca lo que nos puede suceder si tenemos la necedad de mirar al pasado no con una voluntad proyectiva sino con una obstinación fetichista y obsesiva: nos convertimos en estatuas de sal, tal como le sucedió a la mujer de Lot. tal como de vez en cuando nos sucede a muchos de nosotros.